24 sept 2012

#23. Dreams.

Entré a toda velocidad en el despacho. La espada al cinto. Yo sabía que cuanto más pensase, más preocupado iba a estar. Nos invadían y todo iba muy mal. Niddenheim estaba siendo arrasada y los trenes de evacuación para civiles no habían salido aún. Y aquello me había sacado de quicio. Habíamos ensayado las maniobras miles de veces. ¿En qué nos habíamos equivocado?

-¿Qué está pasando? -le pregunté impaciente al comandante, el cual estaba de espaldas a mí, mirando por el ventanal. Lo único que se veía en el horizonte era humo y fuego. Columnas de ceniza ascendían hacia el cielo. Desde lejos i cómo un tren intentaba abandonar la estación. Al segundo siguiente, el disparo de un cañón lo borró del mapa. Consulté el aparato portátil que llevaba en el brazo y comprobé que los dos puntos rojos brillantes aún aparecían. No iban en ese tren.

-Todo va mal -dijo Alfheim.

-¿Me lo dices o me lo cuentas? -estallé- ¡Claro que todo va mal! ¡Tenemos que hacer algo!

-¿Y qué sugieres que hagamos? -preguntó fríamente.

-Mándame a mí -le supliqué-, no podría perdonarme si les pasase algo...

-Te necesito aquí -contestó simplemente.

-Pues se acabó -me arranqué la insignia del Cuerpo de Niddenheim que llevaba en la ropa y la dejé sobre la mesa-. Voy a hacer lo que crea conveniente.

Me di la vuelta para salir, pero me detuvo:

-¡Oddion! ¿Estás seguro de eso?

-Sí. No pienso abandonarlas. Por lo visto, ya lo has hecho.

-Se te considerará un traidor si sales del edificio.

-Que así sea.

Y me fui. Lo dejé con la palabra en la boca, pero estaba cansado de sus charlas. Corrí hasta el aparcamiento y allí me monté en una de las naves. En cuanto empecé a volar, llamé a Lau.

-¿Sí? -dijo una voz al otro lado.

-Hermanita, ¿estás bien? -me atreví a preguntar- ¿Qué tal estáis?

-Por ahora estamos bien, salimos en un par de minutos.

-Bien.

-¿Qué te pasa? Te noto seco.

-He abandonado el Cuerpo para ir a buscaros. Soy un traidor.

-¿Por qué lo has hecho, Aarón?

-Porque tengo que cuidar de ti.

-No deberías haberlo hecho.

-Me da igual todo, enseguida estaré ahí. Te lo prometo.

-Estamos saliendo ya, cielo. Pero hay algo...

De repente, se cortó la llamada. A lo lejos, un tren salía de la estación y una nave enemiga se acercaba peligrosamente.

-Malditos hijos de puta. Voy a mataros a todos -dije para mí mismo.

Aceleré aún más y cuando estuve junto al tren salté de la nave con la espada desenvainada. Los enemigos no tardaron en seguirme y comenzaron a dispararme. Corrí por encima del vagón esquivando los disparos como pude y entré dentro, buscando a Lau y a Susana.

No tardé en verlas. La melena de mi hermanita era inconfudible y los ojos de Susana eran una estrella en la más oscura de las noches.

-¿Estáis las dos bien?

Ambas asintieron con la cabeza. Me giré y lo último que sentí fue una espada atravesándome el pecho de parte a parte...

14 sept 2012

Untitled - Capítulo 1.2.



Daman notó muchas cosas. En primer lugar, que estaba vivo. En segundo, que le dolían todos los músculos del cuerpo, y por último, que le sangraba el brazo. Posiblemente por alguna estocada recibida durante su combate con el jefe de los bandidos. Aunque no sabía si era adecuado llamarlo así. Antes de luchar había gritado: Por Axia. Un rebelde. No le resultaba nada coherente aquella situación. Tenía que averiguar quién era el hombre, y lo más importante, qué conexión tenía con la chica. Se percató de que ella estaba a su lado, mirándolo. Sus ojos marrones lo observaban con interés y curiosidad. Daman se incorporó y la ayudó a ella a hacer lo propio mientras los demás pasajeros se levantaban también.

-¿Cómo te llamas, chica? -le preguntó. Quería empezar con buen pie la conversación. Pero al igual que antes, no contestó. Simplemente negó con la cabeza- ¿Me dices al menos a dónde vas? ¿A Axia? -la joven volvió a gesticular para decir que no- Ven conmigo, te llevaré al castillo. Allí intentaremos saber qué querían los bandidos de ti.

Ella esbozó una sonrisa triste y siguió a Daman mientras salía de los restos del vagón colisionado. Los soldados no tardaron en localizar al capitán y formaron un pequeño pelotón de seguridad para asegurarse de que no se producían más incidentes con la chica.
Daman lideró el camino hacia la fortaleza. La joven lo seguía al tiempo que observaba la ciudad. Parecía gustarle. Las casas eran en su mayoría bajas. Algunas tenían dos plantas, pero por lo general no eran muy grandes. Las paredes eran todas muy similares, con distintos tonos amarillos y algunos naranjas. Las calles estaban bien pavimentadas con roca negra y contrastaba con las viviendas. La pelirroja parecía anotar todos aquellos datos en su cabeza.
No tardaron en llegar al castillo. Se encontraba en el centro de la ciudad, cerca de la plaza principal. A algunos les desconcertaba la posición, pero el rey lo había decidido así, porque según él, en caso de ataque, todos los distritos estaban cerca y ninguno lo suficientemente lejos como para que sus ciudadanos fuesen atacados en primer lugar. La distancia desde la muralla norte hasta el centro era la misma que desde la este o la sur. Hasta ahora había resultado una buena estrategia. Daman siempre pensaba que era algo positivo a tener en cuenta, aunque al Consejo no le hacía gracia.

-Capitán -dijo uno de los guardias-, hemos conseguido capturar a uno de los bandidos. Bueno, más bien ha sido la hechicera. Nos informó de que te gustaría saberlo.

Daman rio suavemente, pero ocultó la ironía. Se preguntaba cómo era posible que aquellos magos a los que él tanto detestaba le hubieran hecho aquel favor. Era evidente que le complacía, así podría interrogarlo, pero antes tendría que darle las gracias. Y Daman jamás le había hablado directamente a una hechicera acerca de otro tema que no fueran órdenes para una operación.
Dejó a la chica en la entrada del castillo y le pidió a uno de los guardias que la acompañara al comedor y que le sirvieran un buen plato. Pasar por aquella experiencia debilitaba a cualquiera. Él tenía un asunto más que tratar. Se dirigió a los barracones y allí encontró a la maga, en la sección de los usuarios de la magia, consultando una montaña de libros, cada uno más grande que el anterior. La mujer percibió su presencia nada más entrar en la sala. No necesitó preguntarle para saber a qué venía.

-Gracias -dijo simplemente Daman.

-No hay de qué. Tan sólo cumplo con mi trabajo, ¿no? Las órdenes son órdenes y hay que cumplirlas -respondió sin mirarlo.

-Siento tener esa animadversión hacia la magia, pero…

-Es normal -lo interrumpió la hechicera-, sólo se ven las malas consecuencias y jamás las buenas. La gente habla de la magia como si fuera energía demoníaca, pero lo cierto es que nunca es así. La magia no destruye, el que lo hace es el portador. Igual que vosotros, guerreros de espadas. El acero no mata, el asesino es el que lo empuña. Y siempre será así, pero generalizáis con nosotros, como si fuéramos seres sobrenaturales a los que hay que destruir.

Daman bajó la mirada, claramente avergonzado. No recordaba cuándo fue la última vez que experimentó aquel sentimiento, pero supo que en esa ocasión lo sufría con razón. El capitán metió la mano por dentro de la cota de malla y sacó una especie de colgante que tenía la forma de un corazón rojo. La mujer se volvió y lo examinó con interés. Daman lo volvió a guardar.

-Lo siento -repitió-. No me he atrevido a desarrollarlo.

-No es tu culpa. Tal vez no encuentres apropiada la magia en tu mundo, o quizás es que no te cae bien, ni más ni menos. Todos sentimos repulsión hacia algo o alguien. De cualquier modo, ¿me permitirías echarle un vistazo? -pidió ella.

-Por supuesto -aceptó Daman. Se quitó el colgante y se lo entregó-. ¿Cuánto tiempo…?

-Ven a por él mañana mismo. Tan sólo querría comprobar qué capacidades tiene.

-¿No puedes hacerlo de inmediato? Creía que los hechiceros tenían esa capacidad.

-En efecto, pero requiere algo de tiempo para descifrar el sentido del artefacto en sí -amplió-. Además, esto podría contener energías, las cuales tienen un significado completamente distinto del que tú les otorgas, y por lo tanto, actuarían de una manera diferente.

-No lo entiendo. Explícate -Daman se sentó en una silla cercana para escuchar con atención. Aquello resultaba completamente desconocido para él, pero a la vez, tremendamente fascinante.

-Este amuleto tiene unas propiedades. Imagina que fueran curativas. Si esto te lo regala alguien con la intención de que hagas el bien sanando a los heridos, funciona con su máximo potencial y se aprovecha todo el poder. Si por el contrario, lo recibes con ideas de venganza porque quien te lo entregó fue asesinado, las energías cambian y puedes convertirlo en un artefacto de ataque. A simple vista parece algo positivo, pero si no se usa con el fin con el que se creó, encierra parte de su energía que se niega a salir al no estar siendo utilizada como se debería. ¿Me comprendes ahora?

-Completamente -Daman asintió con la cabeza-. Vendré mañana. Ahora tengo que hablar con la chica a ver qué sabe -fue hacia la puerta, pero una barrera mágica lo retuvo.

-No la sometas a un interrogatorio. No tiene culpa de lo que le ha pasado. Tan sólo deja que se explique -dijo la maga. Después, bajó la barrera y permitió salir a Daman.

-Por cierto -se detuvo antes de abandonar la sala-, cuando estábamos en el tren y chocamos.. ¿fuiste tú la de la luz azul…?

-No sé de qué me hablas. Que yo sepa no sé conjurar escudos semejantes. Debe de haber sido algo externo y posiblemente cercano. Esos hechizos no tienen mucho alcance. De todos modos, ten cuidado.

-Gracias -dijo Daman con una sonrisa, y esta vez sí, se fue.

El capitán dejó su espada en su cama y fue a buscar a la muchacha. La encontró sentada en los bancos de madera del comedor, devorando un plato de pollo y una sopa. Los guardias habían elegido bien. El líquido caliente le iría bien para recuperarse de los sucesos ocurridos.
Daman se sentó ante ella y apoyó la cabeza en su mano mientras la veía comer. Nada parecía estresarle en aquel momento.

-¿Cómo te llamas? -dejó caer el capitán. Se sirvió un poco de agua.

-Criss -contestó la chica, y siguió comiendo.

-Vamos -la apremió Daman-, dime algo más.

-Dieciséis -añadió, y volvió a su tarea.

-¿De verdad vas a comportarte así? Te he salvado la vida, lo mínimo que deberías hacer es contestar a lo que te pregunto -Daman se dio cuenta de que una lágrima se deslizaba por su mejilla, así que cambió bruscamente el tono-. Eh, discúlpame. Es sólo que arriesgo mi vida todos los días, y la verdad, tú eres distinta.

-¿En qué sentido? Sólo llevo desastres allá donde voy -dijo Criss-. No me conoces.

-Pues eso mismo estoy intentando. Termina la comida y vamos a dar un paseo. Te sentará bien andar. Además, la ciudad es preciosa en invierno. Si hay una capa de nieve es algo asombroso. ¿Qué me dices?

-Gracias. No sabes cuánta falta me hace caminar.

Criss terminó rápidamente todo lo que le habían puesto por delante y no perdieron más el tiempo. La chica era ahora mismo más importante para Daman que el bandido al que habían capturado.
Caminaron por las calles de Axia. No había mucha nieve, pero quedaban restos en algunos tejados.

-Como ya sabrás, este es el castillo -le dijo Daman mientras salían de la fortaleza-. Es la dinastía Henry-Aína. Sin embargo, la reina falleció hace dos años -el capitán bajo la cabeza-. Fue culpa mía.

-¿Qué ocurrió? -preguntó Criss.

-Nos atacaron. Soldados de Relly. Al parecer, no les gustó que la hija del rey se casase con el príncipe de Cox. Íbamos en un tren y había bastantes guardias en cada vagón. Esos bastardos de Relly sólo necesitaron una maldita pasada con otra máquina para aniquilarnos a todos. Sólo UNA. Dispararon con cañones, hirieron a la reina y a su hija. Yo estaba más adelante y cuando quise retroceder para ayudar ya era tarde. El vagón que las llevaba descarriló y se cayó por un acantilado. Y así fue como perdimos a nuestra soberana y a la princesa de la ciudad. Todos creen que fue un matrimonio por conveniencia política con el fin de establecer una alianza, pero no era así. Yo los vi juntos, a la pequeña Aína y a su futuro marido, Ysarión. Y se daban un amor verdadero. Se amaban. Pero se empeñaron en separarlos… para siempre. Axia hizo una alianza con Cox para enfrentarse a Relly, el enemigo común. A Ysarión tampoco le gustó que le arrebatasen a la persona de su vida. Yo no sé cómo sobreviví al posterior accidente del tren.

            Criss lo abrazó con fuerza con la intención de decirle que estaba ahí para ayudarle.

            -Lo siento. No debería haber preguntado. Siempre que hablo meto la pata hasta el fondo. De verdad, discúlpame.

            -No te preocupes. No eres la primera chica que escucha esta historia y se siente conmovida.

            -Lo sé. Somos humanos y no podemos evitarlo. Sonríe -le dijo al capitán. Y este le hizo caso. Era lo que más quería ahora-. Mejor así.

            -Eres una caja de sorpresas, ¿lo sabías?

            -No eres el primer hombre que nota estos cambios de humor y piensa así -Criss le guiñó el ojo y Daman no pudo evitar reírse-. Y ahora que estás mejor -su gesto se tornó serio de repente- necesito pedirte un favor.

            -¿Cuál es? -quiso saber él- Haré lo posible por llevarlo a cabo.

            -Acompañarme a Relly.

            -¿Qué vas a hacer allí?

            -No puedo contarte eso -Criss se separó del capitán-. Son asuntos personales los que me llevan a esa ciudad.

            Daman dudó. Finalmente, asintió con la cabeza.

            -De acuerdo -dijo.

            -¿Ya está? ¿Así de fácil? -se sorprendió Criss.

            -Eso parece. Ya me vas a deber dos. Espero que algún día me las devuelvas.

            -En realidad, creo que ya te ayudé una vez.

            -¿A qué te refieres? -Daman estaba bastante confuso.

            -En el tren. No sé si lo has notado, pero mi cuerpo desprende energía mágica. No puedo controlarla. Dicen que se llama magia instintiva. Sólo aparece en los momentos de mayor necesidad. Puede que crease un escudo que nos salvase antes, cuando el tren chocó.

            -¿Fuiste tú? Debo darte las gracias, pues. Aunque los hechiceros siguen sin caerme bien…

            -¿Tienes prejuicios contra ellos?

            Daman se exasperaba. Nadie le hacía preguntas tan profundas y complejas como aquella chica. Pero se sentía bien al poder responder a algo.

            -Sí. Contra uno en particular, pero este sujeto hizo que se expandiese a todos. Sé que es algo malo, pero no puedo evitarlo.

            -¿Me lo contarás algún día? -se aventuró a preguntar Criss. Parecía que empezaba a formar una amistad con Daman.

            -Puede.

            -Es suficiente.

            -¿De verdad?

            -Al menos para mí -rio.

            -Cambiando de tema, ¿por qué necesitas que vaya contigo? -inquirió el capitán.

            -Ya has visto a los bandidos. Sabes luchar.

            -Para eso están los mercenarios. Ponles unas monedas delante y te seguirán al infierno -le sugirió Daman.

            -Quizás lo hagan, pero confío en ti. Si les pagan más para que me maten lo harán sin dudarlo. El único aliado de esa gente es el dinero. Estoy casi segura de que tú no eres así. ¿Me equivoco?

            -Muy cierto. Así que Relly, ¿no? ¿Te apetece tomar un tren?

            Criss aceptó su oferta. Daman le pidió que esperase un momento y entró al castillo. Avanzó por los pasillos hasta llegar a la sala del trono. Los guardias de la puerta, armados con sendas lanzas ceremoniales y escudos, giraron sobre sus talones y se apartaron para dejarle paso. El soberano Henry V estaba jugando una partida de ajedrez con uno de sus consejeros más fieles. Daman hincó la rodilla ante su superior y esperó a que decidiese prestarle atención. Lo hizo nada más mover una de las piezas.

            -Capitán Daman, es todo un honor. ¿Qué puedo hacer por ti, amigo mío? -Daman tenía suerte de llevarse bien con Henry, ya que sabía que posiblemente le daría permiso para ausentarse unos días con Criss.

            -Acerca del ataque sufrido hace unas horas, alteza. Hemos salvado a una joven que me ha pedido ayuda para escoltarla hasta la ciudad de Relly. Le he sugerido que contratase la ayuda de los mercenarios, pero insiste en que sea su compañero de viaje. Le pido permiso, majestad, para llevar a cabo esta tarea -rogó Daman, manteniendo en todo momento una postura de respeto hacia el rey.

            -Levanta, Daman. Has estado en el ejército desde que eras muy joven. Has salvado innumerables vidas y has acabado con muchas otras luchando por la justicia en el nombre de Axia. Acepto tu propuesta. Puedes marcharte. Me aseguraré de que se te proporcionen provisiones para tu viaje.

            -Gracias, mi señor, pero no será necesario. Viajaremos como dos personas corrientes, como mucho llevaré mi espada, nada más.

            -¿Estás seguro, Daman? Si es tu deseo, que así sea. Al menos me encargaré de que en las otras ciudades se corra la voz de un embajador de Axia que acompaña a una joven. Te dará cierta inmunidad diplomática.

            -Jamás sabré cómo agradecerle esta ayuda.

            -No hace falta que lo hagas. Ahora marcha veloz y cumple con la petición de tu protegida.

            Daman inclinó la cabeza y salió de la sala rápidamente. No se detuvo a anunciar que se iba durante un tiempo. Fue a los barracones en busca de Erene. La encontró en la cama, justo donde la había dejado. Se la ajustó al cinto y luego se dirigió a la estancia de los magos. La hechicera detectó su presencia, como de costumbre, y le entregó el colgante sin más miramientos.

            -No tengo la menor idea de lo que hace. Tendrás que descubrirlo por ti mismo.

            -Gracias.

            -Suerte en tu viaje.

            -¿De qué hablas? -preguntó Daman intentando fingir la sorpresa.

            -No dejas de pensar en él. Puedo leerlo en tus ojos como un libro abierto.

            -Tienes razón -se rindió-. Gracias de nuevo.

            -Que la magia te acompañe en tus viajes, Daman. Úsala para hacer el bien y vuelve con vida.

            El capitán la miró a los ojos, los cuales eran morados. Nunca los había visto así. Brillaban con una chispa de inteligencia. Daman supo que la preocupación por él era de verdad.
La maga le entregó dos túnicas negras con capuchas para que pudieran pasar más desapercibidos. Le explicó que estaban encantadas para que así tuvieran cierta invisibilidad ante la multitud. No llamarían la atención tanto.

            -Como último consejo, ten cuidado con ella. Es una fuente rebosante de magia y energía, pero es indomable. Puede estallar en cualquier momento y las consecuencias podrían ser desastrosas. Un desequilibrio a la hora de controlar su cuerpo podría provocar una catástrofe.

            -Lo tendré en cuenta. Espero que nos volvamos a ver, hechicera. Hasta entonces, cuídate y que la magia te ayude.

            Se produjo un intercambio de sonrisas y Daman se apresuró a reunirse con Criss. Cuando la vio, le entregó la túnica y la ayudó a ponérsela.

            -Me agobia. Siento como si mi esencia se viera reprimida -se quejó la chica.

            -Están encantadas así. Tu energía será más difícil de detectar.

            -Me gusta la idea. Aunque espero no tener que llevarla mucho tiempo seguido.

            -Es por tu seguridad -repuso Daman-. Y mientras estés conmigo, eres responsabilidad mía.

            La chica bajó la cabeza durante un instante. Suspiró.

            -Más te vale que te acostumbres a esto, yo soy el que lleva la espada.

            -El capitán no podía ser más egocéntrico -se quejó Criss-. Primero las órdenes y luego se las da de protector. Ya me podía haber salvado otro…

            -Pues has tenido suerte. Otro no se hubiera detenido al verte. Quizás tenía que haber seguido hacia adelante por los vagones y entonces les hubiera permitido a los bandidos que te atrapasen y hiciesen contigo lo que quisieran. ¿Te parece buena idea?

            El rostro de Criss se ensombreció.

            -No -respondió.

            -Pues entonces piensa que te he librado de ellos y haz lo que te pida. Y si no estás de acuerdo, puedes buscarte a otra persona para que te acompañe -replicó Daman cruzando los brazos.

            -No lo digas, por favor -le rogó la chica-. Cualquier cosa excepto eso. Lo siento.

            -Deja de pedir disculpas. Así no arreglas nada. Tan sólo limítate a que no te maten y me sentiré satisfecho.

            Criss hizo un gesto afirmativo y ambos abandonaron el castillo para dirigirse a la estación. Por el camino pasaron por la plaza principal. Criss quería quedarse a ver las tiendas, pero Daman le dijo que no tenían mucho tiempo. Su tren se iba pronto y necesitaban llegar con antelación para buscar un buen asiento.

            -Pero si son todos iguales -le contestaba Criss.

            -No me refiero a la calidad, sino a la posición estratégica. Un hueco decente me permitiría ver quién entra y quién sale a mi antojo -le explicó él.

            -Cómo se nota que eres una persona normal -ironizó la chica-. Ni siquiera la capa va a ocultar eso.

            Daman empezó a reírse a carcajadas mientras entraban en la estación, un edificio enorme, sorprendentemente hecho de cristal. El interior era totalmente visible desde fuera y viceversa. Era frágil, pero la estructura estaba tan bien diseñada que era muy difícil, por no decir imposible, que uno de los soportes fallase y se derrumbase. La gente lo encontraba muy atractivo. Y como el Consejo no podía faltar, a ellos no le gustaba porque sus miembros pensaban que era muy sensible. Daman fue a sacar dos billetes para Relly.

            -Andén 14 -le dijo a Criss-. Será mejor que nos demos prisa.

            -Tú delante.

            Ambos comenzaron a caminar hacia el tren. Criss cruzó su brazo con el de Daman, y este se extrañó. Le dirigió una mirada de súplica, pero ella no cedió. El capitán supuso que simplemente le gustaba aquella postura, aunque Daman no era tan sentimental.

            -Criss… -empezó él.

            -Me siento más segura así. De verdad.

            -Confío en ti. Pero no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte. Yo lo aprendí a palos. No quiero que te pase lo mismo.

            -Lo recordaré. Gracias por el aviso. Pero no hay nada extraño. Soy cariñosa. Con todos -aclaró.

            -Si tú lo dices -Daman no parecía muy convencido-, lo creeré.

            -Estaré bien, ¿vale? Venga, el tren está ahí delante -Criss le quitó hierro al asunto y sonrió.

            Había más gente intentando acceder a los vagones, así que aguardaron pacientemente su turno y finalmente entraron en el tercero de los siete que había. Se sentaron, como Daman había previsto, en los asientos situados más o menos a la mitad. Uno enfrente del otro para tener cubiertas las dos salidas.
            Daman se quitó la capucha y Criss hizo lo propio con la suya. Se miraron durante unos instantes. Habían pasado de ser completamente desconocidos a compañeros de viaje. No era complicado. Sólo era asegurarse de que llegaba a Relly sana y salva. Sin embargo, el sexto sentido de Daman le advirtió de que no iba a ser tarea fácil.

            -Despiértame si sucede algo fuera de lo normal -le pidió a Criss.

            La chica asintió. El capitán estiró su cuerpo, dejó reposar la cabeza sobre el asiento y sin darse cuenta, se quedó dormido.

Untitled - Capítulo 1.1.

Hace tiempo que no miro nada aquí. No sé por qué. Quizás porque no había sentido la necesidad de hacerlo. Pero en vista de que una amiga quiere leer algunas cosas que escribo, he visto apropiado reanudar la actividad aquí, comenzando por el capítulo de una historia que estuve escribiendo durante mis vacaciones. Sólo tengo escrito el primero, pero espero que os guste. Gracias a quienes lo lean, y un saludo. Sed felices. ^^



Daman se encontraba paseando por las almenas del castillo. Los soldados vigilaban con todos sus sentidos. Pero parecía que iba a ser otra noche tranquila. El último ataque fue hace varios meses. Los bandidos perdieron la cabeza e intentaron secuestrar un tren de camino a Axia para estrellarlo contra la muralla. Por suerte, las fuerzas especiales intervinieron y lo recuperaron sin bajas civiles. Eran los mejores y lo sabían. Aquellos insensatos nunca tuvieron una posibilidad de conseguir su objetivo.
            Y ahora Daman volvía a custodiar el horizonte para asegurarse de que no volvían a intentarlo. Desde el incidente, el Consejo de Axia se aseguró de que en los trenes siempre hubiera un mago. Si atacaban la máquina, el hechicero se teletransportaba y avisaba de que podía ocurrir un desastre. Y los bandidos ya llevaban esa estrategia a cabo. Acababan primero con el usuario de la magia y luego tenían vía libre para hacer lo que se les antojara. Sin embargo, algunos dejaban escapar al mago y esperaban a que los intentasen detener para darles una calurosa bienvenida. Daman se encargaba personalmente de cazarlos. Había dedicado su vida a ello, y nada le indicaba que fuese a cambiar.
            El capitán se ajustó la espada y finalmente se fue a los barracones a descansar. Confiaba mucho en sus compañeros y más aún en sus superiores. Él no cometía errores, o eso intentaba, porque era evidente que era humano y algún defecto tenía que tener. Daman casi se había convertido en un héroe. Todos lo querían, e incluso los bandidos que tenían la suerte de escapar con vida tras cruzar aceros con él le tenían respeto. Por otro lado, también tenía sus enemigos. Al parecer, ciertos miembros del Consejo no veían a Daman con buenos ojos y lo intentaron quitar de en medio en más de una ocasión. Por fortuna, también tenía aliados en el poder y lo habían ayudado.
            Alguien sacó a Daman de su particular sueño ligero y este no tardó en levantarse.

            -¿Qué ocurre? -preguntó mientras trataba de arreglarse un poco el cabello marrón.
           
            -Parecer ser que han asaltado un tren, y esta vez vienen de nuevo derechitos a Axia -le informó el guardia-. Le quieren en acción de inmediato, capitán.

            -Ya podrían ponernos un horario de servicio -comentó Daman con ironía-, que nosotros tenemos sueño igual que los demás.

            -Su tren espera en el andén 26.
           
            -De acuerdo. Puedes retirarte.

            -Por supuesto, señor.

            Los soldados eran muy obedientes, y más aún si se trataba de él. Daman había empatizado tanto con ellos que si se embarcaba en una misión suicida, sabía que estarían dispuestos a seguirle hasta el infierno y más allá.
            Daman bajó las escaleras de los barracones y en los últimos peldaños dio un pequeño salto para ganar tiempo. Cuando se trataba de recuperar un tren, la velocidad era crucial. Un segundo más de retraso podría resultar en una catástrofe. De hecho, iba tan veloz que se dejó la armadura atrás. Tan sólo se protegía con la cota de malla. Suerte que siempre la llevaba encima.
            El capitán atravesó la ciudad rápidamente hasta llegar a la estación. Efectivamente, su tren le esperaba en el andén 26. Dedujo que los bandidos habrían tomado el 25 o el 27, ya que de lo contrario el abordaje sería demasiado complicado hasta para él. Caminó con prisa hasta llegar a las puertas de los vagones delanteros y alguien gritó tras él.

            -¡Capitán, su arma! -exclamó una voz de hombre. Daman no necesitó girarse. Tan sólo movió el brazo hacia atrás y asió la empuñadura de su hoja, que tantas veces lo había acompañado. Y así sería hasta que él terminase muerto o dejase el servicio.

            -Gracias, chico -Daman sabía perfectamente que la voz no era otra que la de un muchacho. Él tampoco era tan viejo, pues tenía veintidós años. Sin embargo, ahora veía a los jóvenes con dieciocho recién cumplidos en el ejército y le entraban ganas de que la restricción de edad fuera más alta aún. Era una locura. Tan sólo eran niños con ganas de hacerse mayores al empuñar una espada. Aunque también había chicas, y algunas de ellas daban verdadero miedo. Aparentaban ser pacíficas y en realidad luchaban como leonas. Por suerte para él, Daman nunca había combatido con ninguna. Se prometió a sí mismo que algún día lo haría.

Daman no estaba seguro de si era por su carisma o simplemente por su eficacia, pero le habían encargado también el proceso de adiestramiento con los nuevos reclutas que llegaban. Todo el que pasaba por su entrenamiento salía como si de un veterano se tratase, claro que eso sólo era la teoría.
El capitán despejó la cabeza de aquellos pensamientos y subió al tren. Le acompañaron cinco soldados y una hechicera. Le dedicó una mirada desdeñosa nada más la vio. No le gustaba la magia. De hecho, la odiaba. Era un recurso de cobardes. Él, tan acostumbrado a luchar con una espada, no terminaba de acostumbrarse a aquello de que el rival podía matarte con una bola de fuego o con un rayo que caía del cielo antes de que te acercases a menos de cinco metros.
Pero tenía que cooperar. Además, estaba para ayudar. Si ella hubiera estado como enemiga, se habría tomado las molestias de eliminarla la primera. Si la magia interviene cuando los aceros bailan, el desastre es inminente. Y Daman lo sabía muy bien. Por el contrario, había visto a los curanderos en plena tarea y el capitán estaba seguro de que era algo muy beneficioso. Había aprendido los pros y las contras de la magia. Y no terminaba de acostumbrarse a la presencia arcana.
Mientras el tren abandonaba la estación, Daman preparó a su escuadrón. Tres guerreros y dos arqueros.

-Los arqueros mantendrán la posición sobre el vagón y abatirán a cualquiera que se nos acerque -se señaló a sí mismo y a los guerreros-. Nosotros esperaremos a las primeras saetas y luego abordaremos el tren. Hechicera… -Daman no sabía qué hacer con ella-. Síguenos si puedes y ocúpate de los enemigos -la maga asintió con la cabeza. No le hacía gracia el plan, pero qué iba a hacer. Tenía que acoplarse a él. Daman era el que mandaba-. Sólo queda prepararnos y esperar que todo vaya bien. Suerte a todos.

Minutos después, se cruzaron, pero a tanta velocidad era imposible saltar, además de que iban en direcciones opuestas. Pasados unos segundos, el tren de Daman giró bruscamente de nuevo hacia Axia por una vía especial que habían dispuesto. La máquina aceleró súbitamente y no tardaron en dar alcance al objetivo. Subieron al techo y aguardaron unos segundos a que los trenes se igualasen.
Los bandidos comenzaron a salir y prepararon sus armas. Sin embargo, había algo extraño. Sólo eran tres. Eso quería decir que, o bien su plan no era estrellar el tren contra Axia, o bien buscaban algo en los vagones.

-Quiero que encontréis lo que buscan antes que ellos -ordenó a los guerreros-. Misión de buscar y proteger. Adelante.

Todos adoptaron posiciones de combate y tras un instante, Daman corrió hacia el borde de su vagón y saltó hacia el tren mientras las flechas volaban ante él.

-¡En el nombre de Axia, Erene y yo os castigaremos! -lanzó su grito de guerra, como hacía todas las veces.

Daman no pudo aterrizar bien y se tambaleó en el borde, a punto de caerse. Una fuerza salida de ninguna parte lo empujó suavamente hacia dentro y ya sí, pudo enfrentarse como él quería. Sus compañeros lo seguían, pero no tenían la misma destreza saltando que Daman. El capitán se vio rodeado por dos de los bandidos, los cuales empuñaban hachas, que aunque parecían oxidadas, sí estaban afiladas. Podía ver el brillo en la hoja. Era el rostro de la muerte que venía a buscarlo una vez más. Sin éxito.
Daman interpuso su hoja para detener el ataque frontal, y cuando su sexto sentido le avisó de que su retaguardia estaba en peligro, se agachó y realizó un corte circular. Alcanzó a sus oponentes en las piernas. No quería matarlos, no era su misión. Avanzó para enfrentarse al tercer oponente, pero una ráfaga de viento lo alcanzó antes y lo arrojó fuera del tren. Daman miró hacia el vagón de su tren y vio a la hechicera bajando las manos. Juraría que la había visto sonreir.
No perdió el tiempo y entró en el vagón, buscando lo mismo que los asaltantes, salvo que él no tenía ni idea de qué era. Miró entre los pasajeros, los cuales lo observaban, algunos asustados, otros asombrados ante la presencia del gran capitán Daman, el rescatador de trenes.
Sin saber muy bien por qué, una chica que tenía el pelo rojo y rizado, más joven que él, le llamó la atención y se detuvo junto a ella.

-¿Quién eres? -le preguntó a la joven. No obtuvo respuesta.

El tren sufrió una fuerte sacudida y Daman se apresuró a mirar por las ventanillas. Los bandidos habían secuestrado otra máquina, le habían instalado cañones y disparaban contra él. Daman vio de reojo cómo un hombre saltaba hasta el tren en el que se encontraba y entraba por las escaleras. Se detuvo a unos metros. Tenía el pelo negro y se protegía con una coraza posiblemente de cuero o de algún material semejante. Así a la vista, no daba la impresión de ser muy resistente. Sus ojos marrones lo miraban expectantes, a la espera de que hiciera algún movimiento, pero este no se produjo. En su rostro se podíab observar varias cicatrices. Seguramente era un veterano.

-¿Qué quieres? -preguntó finalmente Daman.

-A la chica -señaló a la pelirroja-. Dámela y nos iremos.

-Creo que no -respondió Daman secamente. Ya se estaban pasando de la raya.

-Pues entonces lo haré por la fuerza -el hombre se acercó a la chica, pero Daman se interpuso, apuntándole con su espada.

-Por encima de mi cadáver -repuso. Acto seguido miró a la muchacha-. Corre.

Esta vez sí, ella reaccionó y huyó hacia el vagón de la locomotora. Daman tenía la esperanza de que los bandidos dejasen de atacar el tren mientras el jefe, o al menos eso es lo que parecía, estuviera dentro.
Su oponente desenvainó una hoja con un símbolo grabado en la empuñadura. Daman no podía ver de qué se trataba, pero de lejos le resultaba vagamente familiar.

-Por Axia -susurró el hombre antes de embestir al capitán.

Aquello descolocó por un momento a Daman, pero movió su acero justo a tiempo y lo interpuso entre el de su enemigo y su propio cuerpo. Haciendo esfuerzo, lo hizo retroceder y lanzó una estocada por el flanco derecho. Sin embargo, el jefe sabía bien lo que hacía y lo esperaba pacientemente. Bloqueó el golpe y contraatacó a la velocidad del rayo. Daman se vio obligado a retroceder y el combate se empezó a prolongar por los vagones, hasta que alcanzaron de nuevo a la chica. Al parecer, se había escondido junto a otros pasajeros para intentar pasar desapercibida.
Daman atacó de nuevo, pero la defensa de su enemigo seguía siendo inquebrantable. Tenía mucha experiencia en el combate, quizás más que él. Si la lucha continuaba, tenía bastantes probabilidades de perder. Quizás podía intentar algo que resultaría arriesgado, pero si lo conseguía ganaría tiempo para intentar escapar. Pero ocurrió algo que no esperaba.
El jefe se retiró del vagón y desde el otro, destrozó el mecanismo que los unía mientras sonreía. Después, hizo un gesto con la mano de despedida. Daman miró por la ventanilla para ver qué ocurría y vio que la muralla de Axia se le venía encima. Se lanzó encima de la chica y la intentó proteger, pero sabía que iba a ser inútil. El accidente acabaría con todas las vidas, incluidas las de ellos.
La locomotora impactó y detrás fueron los demás vagones. Daman vio una luz azul que envolvió todo y se preguntó qué sería justo antes de perder el conocimiento.

12 jun 2012

Restart.

Me detuve ante el espejo. Le quité el seguro a la pistola y me disparé. No entendía qué error había cometido, pero daba igual. No me importaba. Las cosas han cambiado desde entonces. Aquella inocencia y ternura tan tuyas se evaporaron al salir al mundo real.

Entonces miro hacia adelante y veo varias tormentas. Todo puede ser en vano. Es triste, pero de vez en cuando intento sonreir. Mi médico dijo que padecía melancolía crónica.

Algo cambia. Revelaciones a las 23:01, hora española. Quizás no esté tan mal. Ya sé qué hacer. Tengo la solución. Apretaré "Restart", a ver qué ocurre.

10 jun 2012

Sueños pequeños.

Es precioso, pero triste. Como la sonrisa de un chico que sabe que nunca estará con la persona a la que ama. Y aún así, está feliz porque sabe que el tiempo que pasó con ella fue el mejor de su vida.
¿Todavía estás soñando ese mismo sueño, pequeño...?


30 may 2012

El pueblo en mitad del campo.


Y desperté. No era mi casa. Lo sabía. Era obvio. No tenía aspecto de ser mi cuarto. Las paredes eran blancas, no azules y la cama tenía una sábana demasiado suave para ser la mía. Estaba seguro de aquello. Definitivamente, ni estaba en mi casa, ni estaba en mi cuarto. Tenía que averiguarlo, pues, así que me levanté y tras ponerme una zapatillas color crema, salí de la habitación, dispuesto a saber dónde demonios me encontraba.

Paseando por los pasillos de aquella vivienda, asomé la cabeza en una de las puertas y me topé con la cocina. Mi madre, con una sonrisa en la cara, me daba los buenos días amablemente y me invitaba a tomar el desayuno, que se encontraba en una mesa de cristal con muchos detalles dorados. 

¿Dónde diablos estoy?, pensé mientras daba buena cuenta de la tostada con mantequilla. Era curioso. Mantequilla. La mantequilla tiene leche, y yo soy intolerante a la lactosa, ergo no debería poder comerla. Pero en fin, nada parecía realista. De hecho creo que ni la misma experiencia lo era. Terminé rápido. La casa me había fascinado y deseaba explorar un poco más.

Pasé el resto de la mañana de sala en sala y de dormitorio en dormitorio para acabar con la conclusión de que la casa tenía tres plantas y cerca de dos docenas de habitaciones. Desde una de las ventanas vi a mi padre, trabajando en el campo cual hortelano. Me extrañó. Le gusta la vida en el campo... pero lo que mis ojos vieron... no sé, no sabría describir aquella sensación. Fue como si mi intuición me indicara que no era todo tan "real".

Ante la duda, dejé de comerme la cabeza y salí de la casa a ver qué había fuera. Se suponía que "debía" de haber algo, o al menos eso creía. Estaba en un pueblo. Las calles, al igual que las paredes del cuarto en el que había despertado, eran blancas como el mármol y la gente me sonreía al verme pasar.

¡Ahora sí que no me lo creía! Una pelirroja... se parece bastante a... ¿cómo se llamaba? No recuerdo... bueno, da igual, el caso es que me saludó como si me conociera de toda la vida. Andé por los caminos hasta que llegué a lo que parecía ser un colegio. Un cartel en la puerta decía eso. Entré, y supe que tenía que prepararme para un examen de Inglés. Más sorpresas. ¿Qué sería lo próximo? Ella. Una cara que jamás se ha desvanecido de mi memoria, un cabello rubio como pocos y unos ojos pardos preciosos como ningunos.

Me senté sin hacer ruido. Nadie se giró. Levanté el examen de la mesa, saqué un bolígrafo de mi bolsillo (que casualmente ni hubiera sabido que estaba allí) y comencé a escribir. En quince minutos había terminado. Entregué la hoja y salí a respirar aire fresco.

Alguien me puso la mano en el hombro y me volví lentamente, aunque ya sabía a quién me iba a encontrar. 

-Hola -dijo solamente.

-Hola -contesté. No iba a seguirle el juego. Sabía cómo estaban las cosas entre nosotros y sabía que ella no tenía ninguna intención de hacer que cambiasen las cosas. Posé mis ojos en su mano, aún en mi hombro y no tardó en retirarlo-. ¿Qué quieres?

-Hablar.

-¿Acaso hay algo de lo que hablar? -inquirí con cierto gesto de aburrimiento.

-Más de lo que tú crees -dijo para mi sorpresa.

-Puede que la que te equivoques esta vez seas tú -le propuse. No obstante, fue su siguiente jugada la que me dejó aturdido. Me abrazó.

-Lo siento... de verdad -susurró en voz baja-. Por favor...

-¿Qué? ¿Por favor qué? ¿Vienes a buscarme ahora después de todo el daño que me hiciste?

-Sé que parece estúpido, pero...

-No -la interrumpí y me separé bruscamente de ella, dándole la espalda-. Nada volverá a ser como antes.

-Aarón...

-Te pedí que no me llamases por mi nombre cuando hablases conmigo. Nadie lo hace.

-Es tu nombre -se excusó.

-Tan sólo es un nombre.

-Recuerda lo que te dije.

Entrecerré los ojos levemente. Y entonces surgió el dolor. En el corazón. Tan intenso que estaba seguro de que si hubiera sido físico, perfectamente podría haberme caído al suelo.


-No intentes eso -le advertí.


No contestó, así que eché a andar y aparté aquellos pensamientos de mi cabeza. No los quería, no merecían la pena ahora. Sin embargo, en el fondo, deseaba ardientemente que gritase mi nombre y que corriese detrás de mí para seguir hablando. Era contradictorio.


Volví a casa corriendo y tropecé por el camino. Bajé rodando toda una cuesta, y alguien me detuvo a mitad de camino. Levanté la cabeza. Era una chica algo más pequeña que ella, pero se parecía muchísimo.


-Hola -dijo.


Sin decir palabra, me alejé. No quería recordar nada. Cuando llegué a casa, me di cuenta de que teníamos vecinos, así que bajé a ver quiénes eran. Eran padres de dos hijas, y las dos estaban fuera. Lástima. Tenía curiosidad por...


-¡Hola! -exclamó una voz detrás de mí.


Me giré. Ella. Otra vez. No me jodas que es mi vecina. Estás de coña. Volví a mi habitación y dormí lo que pude. Me despertó mi madre diciendo que mi padre había decidido que nos íbamos. 


-¿QUÉ? Tengo que despedirme, espera.


Bajé a buscarla. No estaba, tan sólo su hermana, la cual me miró con cierto gesto de tristeza en sus ojos. Parecía que ella también se sentía afectada por la marcha.


-¿Qué pasa? -le pregunté en voz baja.


-Te vas. Ella tampoco quiere esto. Por eso no está aquí. No quiere sufrir más.


Lo último que recuerdo fue que caí al suelo y perdí el conocimiento súbitamente. 

27 may 2012

A.M.I.G.@.S.

Hola a todos...

Como probablemente habréis notado, estoy un poco de bajona. T_T

La verdad es que no me encuentro lo suficientemente bien como para hacer otra cosa que no sea escribir. Hubo una etapa de mi vida en la que escribía para desahogarme de todos los sentimientos que llevaba en mi interior. Escribía para alguien. Alguien que me entendía. Pero eso se acabó.

Parece ser que al indicio de gran problema quiso quitarse de en medio, apartarse de todo, y se fue. Ya no está. Miento, está ahí, pero no está como antes, no sé si me explico.

Hace una semana, era un Jueves en la hora de Griego, la sexta y última. Estaba intentando hacer las frases subordinadas. Traduciendo, vamos. Entonces una compañera y magnífica persona, Tamara, sacó el tema de los amigos. Según ella, no cree que existan propiamente los amigos y las amigas debido a que a veces damos mucha (quizás excesiva) importancia a las personas y a los objetos materiales.

Cito aquí a otra persona importante de mi vida: Alguien que no se encuentra bien consigo mismo por el mero hecho de no ser correspondido no puede comprarse una piruleta y decir: "Con esto soy feliz media hora", pues él lo ha hecho. Lo hice. Sí, lo hice, un año después, un 26 de Noviembre de 2.011 que ya me parece que no quiero recordar. Quedan cenizas y dolor, no se merece la más mínima atención.

Pero su recuerdo está ahí cada día molestando, entrando en mis sentidos cuando menos me lo espero. Volviendo al tema de Tamara, cada vez estoy más convencido de su postura. Dicen que las traiciones duelen porque vienen de los amigos. Tiene razón, no se le escapa una.

Puede que después de conocer tanto a una persona la consideres tu hermano o tu hermana, lo cual conlleva un nivel de empatía absoluto y un nivel de amistad incondicional excepcional. Creo que es así. No existen estas personas. Yo tengo un hermano (biológico, quiero decir) y por mucho que quiera a otra persona jamás podrá llamarse hermano o hermana al mismo nivel. Jamás. Nunca.

En fin, no me queda mucho más por decir. Esto era todo. Sed felices, querid@s lector@s. Dicen que no nos vamos a la cama sin saber algo nuevo. Al menos dije algo. Dejad un comentario si queréis dando vuestra opinión acerca de este tema.

Un saludo. :)