Entré a toda velocidad en el despacho. La espada al cinto. Yo sabía que cuanto más pensase, más preocupado iba a estar. Nos invadían y todo iba muy mal. Niddenheim estaba siendo arrasada y los trenes de evacuación para civiles no habían salido aún. Y aquello me había sacado de quicio. Habíamos ensayado las maniobras miles de veces. ¿En qué nos habíamos equivocado?
-¿Qué está pasando? -le pregunté impaciente al comandante, el cual estaba de espaldas a mí, mirando por el ventanal. Lo único que se veía en el horizonte era humo y fuego. Columnas de ceniza ascendían hacia el cielo. Desde lejos i cómo un tren intentaba abandonar la estación. Al segundo siguiente, el disparo de un cañón lo borró del mapa. Consulté el aparato portátil que llevaba en el brazo y comprobé que los dos puntos rojos brillantes aún aparecían. No iban en ese tren.
-Todo va mal -dijo Alfheim.
-¿Me lo dices o me lo cuentas? -estallé- ¡Claro que todo va mal! ¡Tenemos que hacer algo!
-¿Y qué sugieres que hagamos? -preguntó fríamente.
-Mándame a mí -le supliqué-, no podría perdonarme si les pasase algo...
-Te necesito aquí -contestó simplemente.
-Pues se acabó -me arranqué la insignia del Cuerpo de Niddenheim que llevaba en la ropa y la dejé sobre la mesa-. Voy a hacer lo que crea conveniente.
Me di la vuelta para salir, pero me detuvo:
-¡Oddion! ¿Estás seguro de eso?
-Sí. No pienso abandonarlas. Por lo visto, ya lo has hecho.
-Se te considerará un traidor si sales del edificio.
-Que así sea.
Y me fui. Lo dejé con la palabra en la boca, pero estaba cansado de sus charlas. Corrí hasta el aparcamiento y allí me monté en una de las naves. En cuanto empecé a volar, llamé a Lau.
-¿Sí? -dijo una voz al otro lado.
-Hermanita, ¿estás bien? -me atreví a preguntar- ¿Qué tal estáis?
-Por ahora estamos bien, salimos en un par de minutos.
-Bien.
-¿Qué te pasa? Te noto seco.
-He abandonado el Cuerpo para ir a buscaros. Soy un traidor.
-¿Por qué lo has hecho, Aarón?
-Porque tengo que cuidar de ti.
-No deberías haberlo hecho.
-Me da igual todo, enseguida estaré ahí. Te lo prometo.
-Estamos saliendo ya, cielo. Pero hay algo...
De repente, se cortó la llamada. A lo lejos, un tren salía de la estación y una nave enemiga se acercaba peligrosamente.
-Malditos hijos de puta. Voy a mataros a todos -dije para mí mismo.
Aceleré aún más y cuando estuve junto al tren salté de la nave con la espada desenvainada. Los enemigos no tardaron en seguirme y comenzaron a dispararme. Corrí por encima del vagón esquivando los disparos como pude y entré dentro, buscando a Lau y a Susana.
No tardé en verlas. La melena de mi hermanita era inconfudible y los ojos de Susana eran una estrella en la más oscura de las noches.
-¿Estáis las dos bien?
Ambas asintieron con la cabeza. Me giré y lo último que sentí fue una espada atravesándome el pecho de parte a parte...
24 sept 2012
14 sept 2012
Untitled - Capítulo 1.2.
Daman notó muchas cosas. En
primer lugar, que estaba vivo. En segundo, que le dolían todos los músculos del
cuerpo, y por último, que le sangraba el brazo. Posiblemente por alguna
estocada recibida durante su combate con el jefe de los bandidos. Aunque no
sabía si era adecuado llamarlo así. Antes de luchar había gritado: Por Axia. Un rebelde. No le resultaba
nada coherente aquella situación. Tenía que averiguar quién era el hombre, y lo
más importante, qué conexión tenía con la chica. Se percató de que ella estaba
a su lado, mirándolo. Sus ojos marrones lo observaban con interés y curiosidad.
Daman se incorporó y la ayudó a ella a hacer lo propio mientras los demás
pasajeros se levantaban también.
-¿Cómo te llamas, chica? -le
preguntó. Quería empezar con buen pie la conversación. Pero al igual que antes,
no contestó. Simplemente negó con la cabeza- ¿Me dices al menos a dónde vas? ¿A
Axia? -la joven volvió a gesticular para decir que no- Ven conmigo, te llevaré
al castillo. Allí intentaremos saber qué querían los bandidos de ti.
Ella esbozó una sonrisa triste y
siguió a Daman mientras salía de los restos del vagón colisionado. Los soldados
no tardaron en localizar al capitán y formaron un pequeño pelotón de seguridad
para asegurarse de que no se producían más incidentes con la chica.
Daman lideró el camino hacia la
fortaleza. La joven lo seguía al tiempo que observaba la ciudad. Parecía
gustarle. Las casas eran en su mayoría bajas. Algunas tenían dos plantas, pero
por lo general no eran muy grandes. Las paredes eran todas muy similares, con
distintos tonos amarillos y algunos naranjas. Las calles estaban bien
pavimentadas con roca negra y contrastaba con las viviendas. La pelirroja
parecía anotar todos aquellos datos en su cabeza.
No tardaron en llegar al
castillo. Se encontraba en el centro de la ciudad, cerca de la plaza principal.
A algunos les desconcertaba la posición, pero el rey lo había decidido así,
porque según él, en caso de ataque, todos los distritos estaban cerca y ninguno
lo suficientemente lejos como para que sus ciudadanos fuesen atacados en primer
lugar. La distancia desde la muralla norte hasta el centro era la misma que
desde la este o la sur. Hasta ahora había resultado una buena estrategia. Daman
siempre pensaba que era algo positivo a tener en cuenta, aunque al Consejo no
le hacía gracia.
-Capitán -dijo uno de los
guardias-, hemos conseguido capturar a uno de los bandidos. Bueno, más bien ha
sido la hechicera. Nos informó de que te gustaría saberlo.
Daman rio suavemente, pero
ocultó la ironía. Se preguntaba cómo era posible que aquellos magos a los que
él tanto detestaba le hubieran hecho aquel favor. Era evidente que le
complacía, así podría interrogarlo, pero antes tendría que darle las gracias. Y
Daman jamás le había hablado directamente a una hechicera acerca de otro tema
que no fueran órdenes para una operación.
Dejó a la chica en la entrada
del castillo y le pidió a uno de los guardias que la acompañara al comedor y
que le sirvieran un buen plato. Pasar por aquella experiencia debilitaba a
cualquiera. Él tenía un asunto más que tratar. Se dirigió a los barracones y
allí encontró a la maga, en la sección de los usuarios de la magia, consultando
una montaña de libros, cada uno más grande que el anterior. La mujer percibió
su presencia nada más entrar en la sala. No necesitó preguntarle para saber a
qué venía.
-Gracias -dijo simplemente
Daman.
-No hay de qué. Tan sólo cumplo
con mi trabajo, ¿no? Las órdenes son órdenes y hay que cumplirlas -respondió
sin mirarlo.
-Siento tener esa animadversión
hacia la magia, pero…
-Es normal -lo interrumpió la
hechicera-, sólo se ven las malas consecuencias y jamás las buenas. La gente
habla de la magia como si fuera energía demoníaca, pero lo cierto es que nunca
es así. La magia no destruye, el que lo hace es el portador. Igual que
vosotros, guerreros de espadas. El acero no mata, el asesino es el que lo
empuña. Y siempre será así, pero generalizáis con nosotros, como si fuéramos
seres sobrenaturales a los que hay que destruir.
Daman bajó la mirada, claramente
avergonzado. No recordaba cuándo fue la última vez que experimentó aquel
sentimiento, pero supo que en esa ocasión lo sufría con razón. El capitán metió
la mano por dentro de la cota de malla y sacó una especie de colgante que tenía
la forma de un corazón rojo. La mujer se volvió y lo examinó con interés. Daman
lo volvió a guardar.
-Lo siento -repitió-. No me he
atrevido a desarrollarlo.
-No es tu culpa. Tal vez no
encuentres apropiada la magia en tu mundo, o quizás es que no te cae bien, ni
más ni menos. Todos sentimos repulsión hacia algo o alguien. De cualquier modo,
¿me permitirías echarle un vistazo? -pidió ella.
-Por supuesto -aceptó Daman. Se
quitó el colgante y se lo entregó-. ¿Cuánto tiempo…?
-Ven a por él mañana mismo. Tan
sólo querría comprobar qué capacidades tiene.
-¿No puedes hacerlo de
inmediato? Creía que los hechiceros tenían esa capacidad.
-En efecto, pero requiere algo
de tiempo para descifrar el sentido del artefacto en sí -amplió-. Además, esto
podría contener energías, las cuales tienen un significado completamente
distinto del que tú les otorgas, y por lo tanto, actuarían de una manera
diferente.
-No lo entiendo. Explícate
-Daman se sentó en una silla cercana para escuchar con atención. Aquello
resultaba completamente desconocido para él, pero a la vez, tremendamente
fascinante.
-Este amuleto tiene unas
propiedades. Imagina que fueran curativas. Si esto te lo regala alguien con la
intención de que hagas el bien sanando a los heridos, funciona con su máximo
potencial y se aprovecha todo el poder. Si por el contrario, lo recibes con
ideas de venganza porque quien te lo entregó fue asesinado, las energías
cambian y puedes convertirlo en un artefacto de ataque. A simple vista parece
algo positivo, pero si no se usa con el fin con el que se creó, encierra parte
de su energía que se niega a salir al no estar siendo utilizada como se
debería. ¿Me comprendes ahora?
-Completamente -Daman asintió
con la cabeza-. Vendré mañana. Ahora tengo que hablar con la chica a ver qué
sabe -fue hacia la puerta, pero una barrera mágica lo retuvo.
-No la sometas a un
interrogatorio. No tiene culpa de lo que le ha pasado. Tan sólo deja que se
explique -dijo la maga. Después, bajó la barrera y permitió salir a Daman.
-Por cierto -se detuvo antes de
abandonar la sala-, cuando estábamos en el tren y chocamos.. ¿fuiste tú la de
la luz azul…?
-No sé de qué me hablas. Que yo
sepa no sé conjurar escudos semejantes. Debe de haber sido algo externo y
posiblemente cercano. Esos hechizos no tienen mucho alcance. De todos modos,
ten cuidado.
-Gracias -dijo Daman con una
sonrisa, y esta vez sí, se fue.
El capitán dejó su espada en su
cama y fue a buscar a la muchacha. La encontró sentada en los bancos de madera
del comedor, devorando un plato de pollo y una sopa. Los guardias habían
elegido bien. El líquido caliente le iría bien para recuperarse de los sucesos
ocurridos.
Daman se sentó ante ella y apoyó
la cabeza en su mano mientras la veía comer. Nada parecía estresarle en aquel
momento.
-¿Cómo te llamas? -dejó caer el
capitán. Se sirvió un poco de agua.
-Criss -contestó la chica, y
siguió comiendo.
-Vamos -la apremió Daman-, dime
algo más.
-Dieciséis -añadió, y volvió a
su tarea.
-¿De verdad vas a comportarte
así? Te he salvado la vida, lo mínimo que deberías hacer es contestar a lo que
te pregunto -Daman se dio cuenta de que una lágrima se deslizaba por su
mejilla, así que cambió bruscamente el tono-. Eh, discúlpame. Es sólo que
arriesgo mi vida todos los días, y la verdad, tú eres distinta.
-¿En qué sentido? Sólo llevo desastres
allá donde voy -dijo Criss-. No me conoces.
-Pues eso mismo estoy
intentando. Termina la comida y vamos a dar un paseo. Te sentará bien andar.
Además, la ciudad es preciosa en invierno. Si hay una capa de nieve es algo
asombroso. ¿Qué me dices?
-Gracias. No sabes cuánta falta
me hace caminar.
Criss terminó rápidamente todo
lo que le habían puesto por delante y no perdieron más el tiempo. La chica era
ahora mismo más importante para Daman que el bandido al que habían capturado.
Caminaron por las calles de
Axia. No había mucha nieve, pero quedaban restos en algunos tejados.
-Como ya sabrás, este es el
castillo -le dijo Daman mientras salían de la fortaleza-. Es la dinastía
Henry-Aína. Sin embargo, la reina falleció hace dos años -el capitán bajo la
cabeza-. Fue culpa mía.
-¿Qué ocurrió? -preguntó Criss.
-Nos atacaron. Soldados de
Relly. Al parecer, no les gustó que la hija del rey se casase con el príncipe de
Cox. Íbamos en un tren y había bastantes guardias en cada vagón. Esos bastardos
de Relly sólo necesitaron una maldita pasada con otra máquina para aniquilarnos
a todos. Sólo UNA. Dispararon con cañones, hirieron a la reina y a su hija. Yo
estaba más adelante y cuando quise retroceder para ayudar ya era tarde. El
vagón que las llevaba descarriló y se cayó por un acantilado. Y así fue como
perdimos a nuestra soberana y a la princesa de la ciudad. Todos creen que fue
un matrimonio por conveniencia política con el fin de establecer una alianza,
pero no era así. Yo los vi juntos, a la pequeña Aína y a su futuro marido,
Ysarión. Y se daban un amor verdadero. Se amaban. Pero se empeñaron en
separarlos… para siempre. Axia hizo una alianza con Cox para enfrentarse a
Relly, el enemigo común. A Ysarión tampoco le gustó que le arrebatasen a la
persona de su vida. Yo no sé cómo sobreviví al posterior accidente del tren.
Criss
lo abrazó con fuerza con la intención de decirle que estaba ahí para ayudarle.
-Lo
siento. No debería haber preguntado. Siempre que hablo meto la pata hasta el
fondo. De verdad, discúlpame.
-No
te preocupes. No eres la primera chica que escucha esta historia y se siente
conmovida.
-Lo
sé. Somos humanos y no podemos evitarlo. Sonríe -le dijo al capitán. Y este le
hizo caso. Era lo que más quería ahora-. Mejor así.
-Eres
una caja de sorpresas, ¿lo sabías?
-No
eres el primer hombre que nota estos cambios de humor y piensa así -Criss le
guiñó el ojo y Daman no pudo evitar reírse-. Y ahora que estás mejor -su gesto
se tornó serio de repente- necesito pedirte un favor.
-¿Cuál
es? -quiso saber él- Haré lo posible por llevarlo a cabo.
-Acompañarme
a Relly.
-¿Qué
vas a hacer allí?
-No
puedo contarte eso -Criss se separó del capitán-. Son asuntos personales los
que me llevan a esa ciudad.
Daman
dudó. Finalmente, asintió con la cabeza.
-De
acuerdo -dijo.
-¿Ya
está? ¿Así de fácil? -se sorprendió Criss.
-Eso
parece. Ya me vas a deber dos. Espero que algún día me las devuelvas.
-En
realidad, creo que ya te ayudé una vez.
-¿A
qué te refieres? -Daman estaba bastante confuso.
-En
el tren. No sé si lo has notado, pero mi cuerpo desprende energía mágica. No
puedo controlarla. Dicen que se llama magia instintiva.
Sólo aparece en los momentos de mayor necesidad. Puede que crease un escudo que
nos salvase antes, cuando el tren chocó.
-¿Fuiste
tú? Debo darte las gracias, pues. Aunque los hechiceros siguen sin caerme bien…
-¿Tienes
prejuicios contra ellos?
Daman
se exasperaba. Nadie le hacía preguntas tan profundas y complejas como aquella
chica. Pero se sentía bien al poder responder a algo.
-Sí.
Contra uno en particular, pero este sujeto hizo que se expandiese a todos. Sé
que es algo malo, pero no puedo evitarlo.
-¿Me
lo contarás algún día? -se aventuró a preguntar Criss. Parecía que empezaba a
formar una amistad con Daman.
-Puede.
-Es
suficiente.
-¿De
verdad?
-Al
menos para mí -rio.
-Cambiando
de tema, ¿por qué necesitas que vaya contigo? -inquirió el capitán.
-Ya
has visto a los bandidos. Sabes luchar.
-Para
eso están los mercenarios. Ponles unas monedas delante y te seguirán al
infierno -le sugirió Daman.
-Quizás
lo hagan, pero confío en ti. Si les pagan más para que me maten lo harán sin
dudarlo. El único aliado de esa gente es el dinero. Estoy casi segura de que tú
no eres así. ¿Me equivoco?
-Muy
cierto. Así que Relly, ¿no? ¿Te apetece tomar un tren?
Criss
aceptó su oferta. Daman le pidió que esperase un momento y entró al castillo.
Avanzó por los pasillos hasta llegar a la sala del trono. Los guardias de la
puerta, armados con sendas lanzas ceremoniales y escudos, giraron sobre sus
talones y se apartaron para dejarle paso. El soberano Henry V estaba jugando
una partida de ajedrez con uno de sus consejeros más fieles. Daman hincó la
rodilla ante su superior y esperó a que decidiese prestarle atención. Lo hizo
nada más mover una de las piezas.
-Capitán
Daman, es todo un honor. ¿Qué puedo hacer por ti, amigo mío? -Daman tenía
suerte de llevarse bien con Henry, ya que sabía que posiblemente le daría
permiso para ausentarse unos días con Criss.
-Acerca
del ataque sufrido hace unas horas, alteza. Hemos salvado a una joven que me ha
pedido ayuda para escoltarla hasta la ciudad de Relly. Le he sugerido que
contratase la ayuda de los mercenarios, pero insiste en que sea su compañero de
viaje. Le pido permiso, majestad, para llevar a cabo esta tarea -rogó Daman,
manteniendo en todo momento una postura de respeto hacia el rey.
-Levanta,
Daman. Has estado en el ejército desde que eras muy joven. Has salvado
innumerables vidas y has acabado con muchas otras luchando por la justicia en
el nombre de Axia. Acepto tu propuesta. Puedes marcharte. Me aseguraré de que
se te proporcionen provisiones para tu viaje.
-Gracias,
mi señor, pero no será necesario. Viajaremos como dos personas corrientes, como
mucho llevaré mi espada, nada más.
-¿Estás
seguro, Daman? Si es tu deseo, que así sea. Al menos me encargaré de que en las
otras ciudades se corra la voz de un embajador de Axia que acompaña a una
joven. Te dará cierta inmunidad diplomática.
-Jamás
sabré cómo agradecerle esta ayuda.
-No
hace falta que lo hagas. Ahora marcha veloz y cumple con la petición de tu
protegida.
Daman
inclinó la cabeza y salió de la sala rápidamente. No se detuvo a anunciar que
se iba durante un tiempo. Fue a los barracones en busca de Erene. La encontró
en la cama, justo donde la había dejado. Se la ajustó al cinto y luego se
dirigió a la estancia de los magos. La hechicera detectó su presencia, como de
costumbre, y le entregó el colgante sin más miramientos.
-No
tengo la menor idea de lo que hace. Tendrás que descubrirlo por ti mismo.
-Gracias.
-Suerte
en tu viaje.
-¿De
qué hablas? -preguntó Daman intentando fingir la sorpresa.
-No
dejas de pensar en él. Puedo leerlo en tus ojos como un libro abierto.
-Tienes
razón -se rindió-. Gracias de nuevo.
-Que
la magia te acompañe en tus viajes, Daman. Úsala para hacer el bien y vuelve
con vida.
El
capitán la miró a los ojos, los cuales eran morados. Nunca los había visto así.
Brillaban con una chispa de inteligencia. Daman supo que la preocupación por él
era de verdad.
La maga le entregó dos túnicas
negras con capuchas para que pudieran pasar más desapercibidos. Le explicó que
estaban encantadas para que así tuvieran cierta invisibilidad ante la multitud.
No llamarían la atención tanto.
-Como
último consejo, ten cuidado con ella. Es una fuente rebosante de magia y
energía, pero es indomable. Puede estallar en cualquier momento y las
consecuencias podrían ser desastrosas. Un desequilibrio a la hora de controlar
su cuerpo podría provocar una catástrofe.
-Lo
tendré en cuenta. Espero que nos volvamos a ver, hechicera. Hasta entonces,
cuídate y que la magia te ayude.
Se
produjo un intercambio de sonrisas y Daman se apresuró a reunirse con Criss.
Cuando la vio, le entregó la túnica y la ayudó a ponérsela.
-Me
agobia. Siento como si mi esencia se viera reprimida -se quejó la chica.
-Están
encantadas así. Tu energía será más difícil de detectar.
-Me
gusta la idea. Aunque espero no tener que llevarla mucho tiempo seguido.
-Es
por tu seguridad -repuso Daman-. Y mientras estés conmigo, eres responsabilidad
mía.
La
chica bajó la cabeza durante un instante. Suspiró.
-Más
te vale que te acostumbres a esto, yo soy el que lleva la espada.
-El
capitán no podía ser más egocéntrico -se quejó Criss-. Primero las órdenes y
luego se las da de protector. Ya me podía haber salvado otro…
-Pues
has tenido suerte. Otro no se hubiera detenido al verte. Quizás tenía que haber
seguido hacia adelante por los vagones y entonces les hubiera permitido a los
bandidos que te atrapasen y hiciesen contigo lo que quisieran. ¿Te parece buena
idea?
El
rostro de Criss se ensombreció.
-No
-respondió.
-Pues
entonces piensa que te he librado de ellos y haz lo que te pida. Y si no estás
de acuerdo, puedes buscarte a otra persona para que te acompañe -replicó Daman
cruzando los brazos.
-No
lo digas, por favor -le rogó la chica-. Cualquier cosa excepto eso. Lo siento.
-Deja
de pedir disculpas. Así no arreglas nada. Tan sólo limítate a que no te maten y
me sentiré satisfecho.
Criss
hizo un gesto afirmativo y ambos abandonaron el castillo para dirigirse a la
estación. Por el camino pasaron por la plaza principal. Criss quería quedarse a
ver las tiendas, pero Daman le dijo que no tenían mucho tiempo. Su tren se iba
pronto y necesitaban llegar con antelación para buscar un buen asiento.
-Pero
si son todos iguales -le contestaba Criss.
-No
me refiero a la calidad, sino a la posición estratégica. Un hueco decente me
permitiría ver quién entra y quién sale a mi antojo -le explicó él.
-Cómo
se nota que eres una persona normal -ironizó la chica-. Ni siquiera la capa va
a ocultar eso.
Daman
empezó a reírse a carcajadas mientras entraban en la estación, un edificio
enorme, sorprendentemente hecho de cristal. El interior era totalmente visible
desde fuera y viceversa. Era frágil, pero la estructura estaba tan bien
diseñada que era muy difícil, por no decir imposible, que uno de los soportes
fallase y se derrumbase. La gente lo encontraba muy atractivo. Y como el
Consejo no podía faltar, a ellos no le gustaba porque sus miembros pensaban que
era muy sensible. Daman fue a sacar
dos billetes para Relly.
-Andén
14 -le dijo a Criss-. Será mejor que nos demos prisa.
-Tú
delante.
Ambos
comenzaron a caminar hacia el tren. Criss cruzó su brazo con el de Daman, y
este se extrañó. Le dirigió una mirada de súplica, pero ella no cedió. El
capitán supuso que simplemente le gustaba aquella postura, aunque Daman no era
tan sentimental.
-Criss…
-empezó él.
-Me
siento más segura así. De verdad.
-Confío
en ti. Pero no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte. Yo lo aprendí a
palos. No quiero que te pase lo mismo.
-Lo
recordaré. Gracias por el aviso. Pero no hay nada extraño. Soy cariñosa. Con
todos -aclaró.
-Si
tú lo dices -Daman no parecía muy convencido-, lo creeré.
-Estaré
bien, ¿vale? Venga, el tren está ahí delante -Criss le quitó hierro al asunto y
sonrió.
Había
más gente intentando acceder a los vagones, así que aguardaron pacientemente su
turno y finalmente entraron en el tercero de los siete que había. Se sentaron,
como Daman había previsto, en los asientos situados más o menos a la mitad. Uno
enfrente del otro para tener cubiertas las dos salidas.
Daman
se quitó la capucha y Criss hizo lo propio con la suya. Se miraron durante unos
instantes. Habían pasado de ser completamente desconocidos a compañeros de
viaje. No era complicado. Sólo era asegurarse de que llegaba a Relly sana y
salva. Sin embargo, el sexto sentido de Daman le advirtió de que no iba a ser
tarea fácil.
-Despiértame
si sucede algo fuera de lo normal -le pidió a Criss.
Untitled - Capítulo 1.1.
Hace tiempo que no miro nada aquí. No sé por qué. Quizás porque no había sentido la necesidad de hacerlo. Pero en vista de que una amiga quiere leer algunas cosas que escribo, he visto apropiado reanudar la actividad aquí, comenzando por el capítulo de una historia que estuve escribiendo durante mis vacaciones. Sólo tengo escrito el primero, pero espero que os guste. Gracias a quienes lo lean, y un saludo. Sed felices. ^^
Daman se encontraba paseando por las almenas
del castillo. Los soldados vigilaban con todos sus sentidos. Pero parecía que
iba a ser otra noche tranquila. El último ataque fue hace varios meses. Los
bandidos perdieron la cabeza e intentaron secuestrar un tren de camino a Axia
para estrellarlo contra la muralla. Por suerte, las fuerzas especiales
intervinieron y lo recuperaron sin bajas civiles. Eran los mejores y lo sabían.
Aquellos insensatos nunca tuvieron una posibilidad de conseguir su objetivo.
Y
ahora Daman volvía a custodiar el horizonte para asegurarse de que no volvían a
intentarlo. Desde el incidente, el Consejo de Axia se aseguró de que en los
trenes siempre hubiera un mago. Si atacaban la máquina, el hechicero se
teletransportaba y avisaba de que podía ocurrir un desastre. Y los bandidos ya
llevaban esa estrategia a cabo. Acababan primero con el usuario de la magia y
luego tenían vía libre para hacer lo que se les antojara. Sin embargo, algunos
dejaban escapar al mago y esperaban a que los intentasen detener para darles
una calurosa bienvenida. Daman se encargaba personalmente de cazarlos. Había
dedicado su vida a ello, y nada le indicaba que fuese a cambiar.
El
capitán se ajustó la espada y finalmente se fue a los barracones a descansar.
Confiaba mucho en sus compañeros y más aún en sus superiores. Él no cometía
errores, o eso intentaba, porque era evidente que era humano y algún defecto
tenía que tener. Daman casi se había convertido en un héroe. Todos lo querían,
e incluso los bandidos que tenían la suerte de escapar con vida tras cruzar
aceros con él le tenían respeto. Por otro lado, también tenía sus enemigos. Al
parecer, ciertos miembros del Consejo no veían a Daman con buenos ojos y lo
intentaron quitar de en medio en más de una ocasión. Por fortuna, también tenía
aliados en el poder y lo habían ayudado.
Alguien
sacó a Daman de su particular sueño ligero y este no tardó en levantarse.
-¿Qué
ocurre? -preguntó mientras trataba de arreglarse un poco el cabello marrón.
-Parecer
ser que han asaltado un tren, y esta vez vienen de nuevo derechitos a Axia -le
informó el guardia-. Le quieren en acción de inmediato, capitán.
-Ya
podrían ponernos un horario de servicio -comentó Daman con ironía-, que
nosotros tenemos sueño igual que los demás.
-Su
tren espera en el andén 26.
-De
acuerdo. Puedes retirarte.
-Por
supuesto, señor.
Los
soldados eran muy obedientes, y más aún si se trataba de él. Daman había
empatizado tanto con ellos que si se embarcaba en una misión suicida, sabía que
estarían dispuestos a seguirle hasta el infierno y más allá.
Daman
bajó las escaleras de los barracones y en los últimos peldaños dio un pequeño
salto para ganar tiempo. Cuando se trataba de recuperar un tren, la velocidad
era crucial. Un segundo más de retraso podría resultar en una catástrofe. De
hecho, iba tan veloz que se dejó la armadura atrás. Tan sólo se protegía con la
cota de malla. Suerte que siempre la llevaba encima.
El
capitán atravesó la ciudad rápidamente hasta llegar a la estación.
Efectivamente, su tren le esperaba en el andén 26. Dedujo que los bandidos
habrían tomado el 25 o el 27, ya que de lo contrario el abordaje sería
demasiado complicado hasta para él. Caminó con prisa hasta llegar a las puertas
de los vagones delanteros y alguien gritó tras él.
-¡Capitán,
su arma! -exclamó una voz de hombre. Daman no necesitó girarse. Tan sólo movió
el brazo hacia atrás y asió la empuñadura de su hoja, que tantas veces lo había
acompañado. Y así sería hasta que él terminase muerto o dejase el servicio.
-Gracias,
chico -Daman sabía perfectamente que la voz no era otra que la de un muchacho.
Él tampoco era tan viejo, pues tenía veintidós años. Sin embargo, ahora veía a
los jóvenes con dieciocho recién cumplidos en el ejército y le entraban ganas
de que la restricción de edad fuera más alta aún. Era una locura. Tan sólo eran
niños con ganas de hacerse mayores al empuñar una espada. Aunque también había
chicas, y algunas de ellas daban verdadero miedo. Aparentaban ser pacíficas y en
realidad luchaban como leonas. Por suerte para él, Daman nunca había combatido
con ninguna. Se prometió a sí mismo que algún día lo haría.
Daman no estaba seguro de si era
por su carisma o simplemente por su eficacia, pero le habían encargado también
el proceso de adiestramiento con los nuevos reclutas que llegaban. Todo el que
pasaba por su entrenamiento salía como si de un veterano se tratase, claro que
eso sólo era la teoría.
El capitán despejó la cabeza de
aquellos pensamientos y subió al tren. Le acompañaron cinco soldados y una
hechicera. Le dedicó una mirada desdeñosa nada más la vio. No le gustaba la
magia. De hecho, la odiaba. Era un recurso de cobardes. Él, tan acostumbrado a
luchar con una espada, no terminaba de acostumbrarse a aquello de que el rival
podía matarte con una bola de fuego o con un rayo que caía del cielo antes de
que te acercases a menos de cinco metros.
Pero tenía que cooperar. Además,
estaba para ayudar. Si ella hubiera estado como enemiga, se habría tomado las
molestias de eliminarla la primera. Si la magia interviene cuando los aceros
bailan, el desastre es inminente. Y Daman lo sabía muy bien. Por el contrario,
había visto a los curanderos en plena tarea y el capitán estaba seguro de que
era algo muy beneficioso. Había aprendido los pros y las contras de la magia. Y
no terminaba de acostumbrarse a la presencia arcana.
Mientras el tren abandonaba la
estación, Daman preparó a su escuadrón. Tres guerreros y dos arqueros.
-Los arqueros mantendrán la
posición sobre el vagón y abatirán a cualquiera que se nos acerque -se señaló a
sí mismo y a los guerreros-. Nosotros esperaremos a las primeras saetas y luego
abordaremos el tren. Hechicera… -Daman no sabía qué hacer con ella-. Síguenos
si puedes y ocúpate de los enemigos -la maga asintió con la cabeza. No le hacía
gracia el plan, pero qué iba a hacer. Tenía que acoplarse a él. Daman era el
que mandaba-. Sólo queda prepararnos y esperar que todo vaya bien. Suerte a
todos.
Minutos después, se cruzaron,
pero a tanta velocidad era imposible saltar, además de que iban en direcciones
opuestas. Pasados unos segundos, el tren de Daman giró bruscamente de nuevo
hacia Axia por una vía especial que habían dispuesto. La máquina aceleró
súbitamente y no tardaron en dar alcance al objetivo. Subieron al techo y
aguardaron unos segundos a que los trenes se igualasen.
Los bandidos comenzaron a salir
y prepararon sus armas. Sin embargo, había algo extraño. Sólo eran tres. Eso
quería decir que, o bien su plan no era estrellar el tren contra Axia, o bien
buscaban algo en los vagones.
-Quiero que encontréis lo que
buscan antes que ellos -ordenó a los guerreros-. Misión de buscar y proteger.
Adelante.
Todos adoptaron posiciones de
combate y tras un instante, Daman corrió hacia el borde de su vagón y saltó
hacia el tren mientras las flechas volaban ante él.
-¡En el nombre de Axia, Erene y
yo os castigaremos! -lanzó su grito de guerra, como hacía todas las veces.
Daman no pudo aterrizar bien y
se tambaleó en el borde, a punto de caerse. Una fuerza salida de ninguna parte
lo empujó suavamente hacia dentro y ya sí, pudo enfrentarse como él quería. Sus
compañeros lo seguían, pero no tenían la misma destreza saltando que Daman. El
capitán se vio rodeado por dos de los bandidos, los cuales empuñaban hachas,
que aunque parecían oxidadas, sí estaban afiladas. Podía ver el brillo en la
hoja. Era el rostro de la muerte que venía a buscarlo una vez más. Sin éxito.
Daman interpuso su hoja para
detener el ataque frontal, y cuando su sexto sentido le avisó de que su
retaguardia estaba en peligro, se agachó y realizó un corte circular. Alcanzó a
sus oponentes en las piernas. No quería matarlos, no era su misión. Avanzó para
enfrentarse al tercer oponente, pero una ráfaga de viento lo alcanzó antes y lo
arrojó fuera del tren. Daman miró hacia el vagón de su tren y vio a la
hechicera bajando las manos. Juraría que la había visto sonreir.
No perdió el tiempo y entró en
el vagón, buscando lo mismo que los asaltantes, salvo que él no tenía ni idea
de qué era. Miró entre los pasajeros, los cuales lo observaban, algunos
asustados, otros asombrados ante la presencia del gran capitán Daman, el
rescatador de trenes.
Sin saber muy bien por qué, una
chica que tenía el pelo rojo y rizado, más joven que él, le llamó la atención y
se detuvo junto a ella.
-¿Quién eres? -le preguntó a la
joven. No obtuvo respuesta.
El tren sufrió una fuerte
sacudida y Daman se apresuró a mirar por las ventanillas. Los bandidos habían
secuestrado otra máquina, le habían instalado cañones y disparaban contra él.
Daman vio de reojo cómo un hombre saltaba hasta el tren en el que se encontraba
y entraba por las escaleras. Se detuvo a unos metros. Tenía el pelo negro y se
protegía con una coraza posiblemente de cuero o de algún material semejante.
Así a la vista, no daba la impresión de ser muy resistente. Sus ojos marrones
lo miraban expectantes, a la espera de que hiciera algún movimiento, pero este
no se produjo. En su rostro se podíab observar varias cicatrices. Seguramente
era un veterano.
-¿Qué quieres? -preguntó
finalmente Daman.
-A la chica -señaló a la
pelirroja-. Dámela y nos iremos.
-Creo que no -respondió Daman
secamente. Ya se estaban pasando de la raya.
-Pues entonces lo haré por la
fuerza -el hombre se acercó a la chica, pero Daman se interpuso, apuntándole
con su espada.
-Por encima de mi cadáver
-repuso. Acto seguido miró a la muchacha-. Corre.
Esta vez sí, ella reaccionó y
huyó hacia el vagón de la locomotora. Daman tenía la esperanza de que los
bandidos dejasen de atacar el tren mientras el jefe, o al menos eso es lo que
parecía, estuviera dentro.
Su oponente desenvainó una hoja
con un símbolo grabado en la empuñadura. Daman no podía ver de qué se trataba,
pero de lejos le resultaba vagamente familiar.
-Por Axia -susurró el hombre antes
de embestir al capitán.
Aquello descolocó por un momento
a Daman, pero movió su acero justo a tiempo y lo interpuso entre el de su
enemigo y su propio cuerpo. Haciendo esfuerzo, lo hizo retroceder y lanzó una
estocada por el flanco derecho. Sin embargo, el jefe sabía bien lo que hacía y
lo esperaba pacientemente. Bloqueó el golpe y contraatacó a la velocidad del
rayo. Daman se vio obligado a retroceder y el combate se empezó a prolongar por
los vagones, hasta que alcanzaron de nuevo a la chica. Al parecer, se había
escondido junto a otros pasajeros para intentar pasar desapercibida.
Daman atacó de nuevo, pero la
defensa de su enemigo seguía siendo inquebrantable. Tenía mucha experiencia en
el combate, quizás más que él. Si la lucha continuaba, tenía bastantes
probabilidades de perder. Quizás podía intentar algo que resultaría arriesgado,
pero si lo conseguía ganaría tiempo para intentar escapar. Pero ocurrió algo
que no esperaba.
El jefe se retiró del vagón y
desde el otro, destrozó el mecanismo que los unía mientras sonreía. Después,
hizo un gesto con la mano de despedida. Daman miró por la ventanilla para ver
qué ocurría y vio que la muralla de Axia se le venía encima. Se lanzó encima de
la chica y la intentó proteger, pero sabía que iba a ser inútil. El accidente
acabaría con todas las vidas, incluidas las de ellos.
La locomotora impactó y detrás
fueron los demás vagones. Daman vio una luz azul que envolvió todo y se
preguntó qué sería justo antes de perder el conocimiento.
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