Entré a toda velocidad en el despacho. La espada al cinto. Yo sabía que cuanto más pensase, más preocupado iba a estar. Nos invadían y todo iba muy mal. Niddenheim estaba siendo arrasada y los trenes de evacuación para civiles no habían salido aún. Y aquello me había sacado de quicio. Habíamos ensayado las maniobras miles de veces. ¿En qué nos habíamos equivocado?
-¿Qué está pasando? -le pregunté impaciente al comandante, el cual estaba de espaldas a mí, mirando por el ventanal. Lo único que se veía en el horizonte era humo y fuego. Columnas de ceniza ascendían hacia el cielo. Desde lejos i cómo un tren intentaba abandonar la estación. Al segundo siguiente, el disparo de un cañón lo borró del mapa. Consulté el aparato portátil que llevaba en el brazo y comprobé que los dos puntos rojos brillantes aún aparecían. No iban en ese tren.
-Todo va mal -dijo Alfheim.
-¿Me lo dices o me lo cuentas? -estallé- ¡Claro que todo va mal! ¡Tenemos que hacer algo!
-¿Y qué sugieres que hagamos? -preguntó fríamente.
-Mándame a mí -le supliqué-, no podría perdonarme si les pasase algo...
-Te necesito aquí -contestó simplemente.
-Pues se acabó -me arranqué la insignia del Cuerpo de Niddenheim que llevaba en la ropa y la dejé sobre la mesa-. Voy a hacer lo que crea conveniente.
Me di la vuelta para salir, pero me detuvo:
-¡Oddion! ¿Estás seguro de eso?
-Sí. No pienso abandonarlas. Por lo visto, ya lo has hecho.
-Se te considerará un traidor si sales del edificio.
-Que así sea.
Y me fui. Lo dejé con la palabra en la boca, pero estaba cansado de sus charlas. Corrí hasta el aparcamiento y allí me monté en una de las naves. En cuanto empecé a volar, llamé a Lau.
-¿Sí? -dijo una voz al otro lado.
-Hermanita, ¿estás bien? -me atreví a preguntar- ¿Qué tal estáis?
-Por ahora estamos bien, salimos en un par de minutos.
-Bien.
-¿Qué te pasa? Te noto seco.
-He abandonado el Cuerpo para ir a buscaros. Soy un traidor.
-¿Por qué lo has hecho, Aarón?
-Porque tengo que cuidar de ti.
-No deberías haberlo hecho.
-Me da igual todo, enseguida estaré ahí. Te lo prometo.
-Estamos saliendo ya, cielo. Pero hay algo...
De repente, se cortó la llamada. A lo lejos, un tren salía de la estación y una nave enemiga se acercaba peligrosamente.
-Malditos hijos de puta. Voy a mataros a todos -dije para mí mismo.
Aceleré aún más y cuando estuve junto al tren salté de la nave con la espada desenvainada. Los enemigos no tardaron en seguirme y comenzaron a dispararme. Corrí por encima del vagón esquivando los disparos como pude y entré dentro, buscando a Lau y a Susana.
No tardé en verlas. La melena de mi hermanita era inconfudible y los ojos de Susana eran una estrella en la más oscura de las noches.
-¿Estáis las dos bien?
Ambas asintieron con la cabeza. Me giré y lo último que sentí fue una espada atravesándome el pecho de parte a parte...
Noooooooooooooooooooooooooooooooooo >///////////////////////////////////<
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