14 sept 2012

Untitled - Capítulo 1.2.



Daman notó muchas cosas. En primer lugar, que estaba vivo. En segundo, que le dolían todos los músculos del cuerpo, y por último, que le sangraba el brazo. Posiblemente por alguna estocada recibida durante su combate con el jefe de los bandidos. Aunque no sabía si era adecuado llamarlo así. Antes de luchar había gritado: Por Axia. Un rebelde. No le resultaba nada coherente aquella situación. Tenía que averiguar quién era el hombre, y lo más importante, qué conexión tenía con la chica. Se percató de que ella estaba a su lado, mirándolo. Sus ojos marrones lo observaban con interés y curiosidad. Daman se incorporó y la ayudó a ella a hacer lo propio mientras los demás pasajeros se levantaban también.

-¿Cómo te llamas, chica? -le preguntó. Quería empezar con buen pie la conversación. Pero al igual que antes, no contestó. Simplemente negó con la cabeza- ¿Me dices al menos a dónde vas? ¿A Axia? -la joven volvió a gesticular para decir que no- Ven conmigo, te llevaré al castillo. Allí intentaremos saber qué querían los bandidos de ti.

Ella esbozó una sonrisa triste y siguió a Daman mientras salía de los restos del vagón colisionado. Los soldados no tardaron en localizar al capitán y formaron un pequeño pelotón de seguridad para asegurarse de que no se producían más incidentes con la chica.
Daman lideró el camino hacia la fortaleza. La joven lo seguía al tiempo que observaba la ciudad. Parecía gustarle. Las casas eran en su mayoría bajas. Algunas tenían dos plantas, pero por lo general no eran muy grandes. Las paredes eran todas muy similares, con distintos tonos amarillos y algunos naranjas. Las calles estaban bien pavimentadas con roca negra y contrastaba con las viviendas. La pelirroja parecía anotar todos aquellos datos en su cabeza.
No tardaron en llegar al castillo. Se encontraba en el centro de la ciudad, cerca de la plaza principal. A algunos les desconcertaba la posición, pero el rey lo había decidido así, porque según él, en caso de ataque, todos los distritos estaban cerca y ninguno lo suficientemente lejos como para que sus ciudadanos fuesen atacados en primer lugar. La distancia desde la muralla norte hasta el centro era la misma que desde la este o la sur. Hasta ahora había resultado una buena estrategia. Daman siempre pensaba que era algo positivo a tener en cuenta, aunque al Consejo no le hacía gracia.

-Capitán -dijo uno de los guardias-, hemos conseguido capturar a uno de los bandidos. Bueno, más bien ha sido la hechicera. Nos informó de que te gustaría saberlo.

Daman rio suavemente, pero ocultó la ironía. Se preguntaba cómo era posible que aquellos magos a los que él tanto detestaba le hubieran hecho aquel favor. Era evidente que le complacía, así podría interrogarlo, pero antes tendría que darle las gracias. Y Daman jamás le había hablado directamente a una hechicera acerca de otro tema que no fueran órdenes para una operación.
Dejó a la chica en la entrada del castillo y le pidió a uno de los guardias que la acompañara al comedor y que le sirvieran un buen plato. Pasar por aquella experiencia debilitaba a cualquiera. Él tenía un asunto más que tratar. Se dirigió a los barracones y allí encontró a la maga, en la sección de los usuarios de la magia, consultando una montaña de libros, cada uno más grande que el anterior. La mujer percibió su presencia nada más entrar en la sala. No necesitó preguntarle para saber a qué venía.

-Gracias -dijo simplemente Daman.

-No hay de qué. Tan sólo cumplo con mi trabajo, ¿no? Las órdenes son órdenes y hay que cumplirlas -respondió sin mirarlo.

-Siento tener esa animadversión hacia la magia, pero…

-Es normal -lo interrumpió la hechicera-, sólo se ven las malas consecuencias y jamás las buenas. La gente habla de la magia como si fuera energía demoníaca, pero lo cierto es que nunca es así. La magia no destruye, el que lo hace es el portador. Igual que vosotros, guerreros de espadas. El acero no mata, el asesino es el que lo empuña. Y siempre será así, pero generalizáis con nosotros, como si fuéramos seres sobrenaturales a los que hay que destruir.

Daman bajó la mirada, claramente avergonzado. No recordaba cuándo fue la última vez que experimentó aquel sentimiento, pero supo que en esa ocasión lo sufría con razón. El capitán metió la mano por dentro de la cota de malla y sacó una especie de colgante que tenía la forma de un corazón rojo. La mujer se volvió y lo examinó con interés. Daman lo volvió a guardar.

-Lo siento -repitió-. No me he atrevido a desarrollarlo.

-No es tu culpa. Tal vez no encuentres apropiada la magia en tu mundo, o quizás es que no te cae bien, ni más ni menos. Todos sentimos repulsión hacia algo o alguien. De cualquier modo, ¿me permitirías echarle un vistazo? -pidió ella.

-Por supuesto -aceptó Daman. Se quitó el colgante y se lo entregó-. ¿Cuánto tiempo…?

-Ven a por él mañana mismo. Tan sólo querría comprobar qué capacidades tiene.

-¿No puedes hacerlo de inmediato? Creía que los hechiceros tenían esa capacidad.

-En efecto, pero requiere algo de tiempo para descifrar el sentido del artefacto en sí -amplió-. Además, esto podría contener energías, las cuales tienen un significado completamente distinto del que tú les otorgas, y por lo tanto, actuarían de una manera diferente.

-No lo entiendo. Explícate -Daman se sentó en una silla cercana para escuchar con atención. Aquello resultaba completamente desconocido para él, pero a la vez, tremendamente fascinante.

-Este amuleto tiene unas propiedades. Imagina que fueran curativas. Si esto te lo regala alguien con la intención de que hagas el bien sanando a los heridos, funciona con su máximo potencial y se aprovecha todo el poder. Si por el contrario, lo recibes con ideas de venganza porque quien te lo entregó fue asesinado, las energías cambian y puedes convertirlo en un artefacto de ataque. A simple vista parece algo positivo, pero si no se usa con el fin con el que se creó, encierra parte de su energía que se niega a salir al no estar siendo utilizada como se debería. ¿Me comprendes ahora?

-Completamente -Daman asintió con la cabeza-. Vendré mañana. Ahora tengo que hablar con la chica a ver qué sabe -fue hacia la puerta, pero una barrera mágica lo retuvo.

-No la sometas a un interrogatorio. No tiene culpa de lo que le ha pasado. Tan sólo deja que se explique -dijo la maga. Después, bajó la barrera y permitió salir a Daman.

-Por cierto -se detuvo antes de abandonar la sala-, cuando estábamos en el tren y chocamos.. ¿fuiste tú la de la luz azul…?

-No sé de qué me hablas. Que yo sepa no sé conjurar escudos semejantes. Debe de haber sido algo externo y posiblemente cercano. Esos hechizos no tienen mucho alcance. De todos modos, ten cuidado.

-Gracias -dijo Daman con una sonrisa, y esta vez sí, se fue.

El capitán dejó su espada en su cama y fue a buscar a la muchacha. La encontró sentada en los bancos de madera del comedor, devorando un plato de pollo y una sopa. Los guardias habían elegido bien. El líquido caliente le iría bien para recuperarse de los sucesos ocurridos.
Daman se sentó ante ella y apoyó la cabeza en su mano mientras la veía comer. Nada parecía estresarle en aquel momento.

-¿Cómo te llamas? -dejó caer el capitán. Se sirvió un poco de agua.

-Criss -contestó la chica, y siguió comiendo.

-Vamos -la apremió Daman-, dime algo más.

-Dieciséis -añadió, y volvió a su tarea.

-¿De verdad vas a comportarte así? Te he salvado la vida, lo mínimo que deberías hacer es contestar a lo que te pregunto -Daman se dio cuenta de que una lágrima se deslizaba por su mejilla, así que cambió bruscamente el tono-. Eh, discúlpame. Es sólo que arriesgo mi vida todos los días, y la verdad, tú eres distinta.

-¿En qué sentido? Sólo llevo desastres allá donde voy -dijo Criss-. No me conoces.

-Pues eso mismo estoy intentando. Termina la comida y vamos a dar un paseo. Te sentará bien andar. Además, la ciudad es preciosa en invierno. Si hay una capa de nieve es algo asombroso. ¿Qué me dices?

-Gracias. No sabes cuánta falta me hace caminar.

Criss terminó rápidamente todo lo que le habían puesto por delante y no perdieron más el tiempo. La chica era ahora mismo más importante para Daman que el bandido al que habían capturado.
Caminaron por las calles de Axia. No había mucha nieve, pero quedaban restos en algunos tejados.

-Como ya sabrás, este es el castillo -le dijo Daman mientras salían de la fortaleza-. Es la dinastía Henry-Aína. Sin embargo, la reina falleció hace dos años -el capitán bajo la cabeza-. Fue culpa mía.

-¿Qué ocurrió? -preguntó Criss.

-Nos atacaron. Soldados de Relly. Al parecer, no les gustó que la hija del rey se casase con el príncipe de Cox. Íbamos en un tren y había bastantes guardias en cada vagón. Esos bastardos de Relly sólo necesitaron una maldita pasada con otra máquina para aniquilarnos a todos. Sólo UNA. Dispararon con cañones, hirieron a la reina y a su hija. Yo estaba más adelante y cuando quise retroceder para ayudar ya era tarde. El vagón que las llevaba descarriló y se cayó por un acantilado. Y así fue como perdimos a nuestra soberana y a la princesa de la ciudad. Todos creen que fue un matrimonio por conveniencia política con el fin de establecer una alianza, pero no era así. Yo los vi juntos, a la pequeña Aína y a su futuro marido, Ysarión. Y se daban un amor verdadero. Se amaban. Pero se empeñaron en separarlos… para siempre. Axia hizo una alianza con Cox para enfrentarse a Relly, el enemigo común. A Ysarión tampoco le gustó que le arrebatasen a la persona de su vida. Yo no sé cómo sobreviví al posterior accidente del tren.

            Criss lo abrazó con fuerza con la intención de decirle que estaba ahí para ayudarle.

            -Lo siento. No debería haber preguntado. Siempre que hablo meto la pata hasta el fondo. De verdad, discúlpame.

            -No te preocupes. No eres la primera chica que escucha esta historia y se siente conmovida.

            -Lo sé. Somos humanos y no podemos evitarlo. Sonríe -le dijo al capitán. Y este le hizo caso. Era lo que más quería ahora-. Mejor así.

            -Eres una caja de sorpresas, ¿lo sabías?

            -No eres el primer hombre que nota estos cambios de humor y piensa así -Criss le guiñó el ojo y Daman no pudo evitar reírse-. Y ahora que estás mejor -su gesto se tornó serio de repente- necesito pedirte un favor.

            -¿Cuál es? -quiso saber él- Haré lo posible por llevarlo a cabo.

            -Acompañarme a Relly.

            -¿Qué vas a hacer allí?

            -No puedo contarte eso -Criss se separó del capitán-. Son asuntos personales los que me llevan a esa ciudad.

            Daman dudó. Finalmente, asintió con la cabeza.

            -De acuerdo -dijo.

            -¿Ya está? ¿Así de fácil? -se sorprendió Criss.

            -Eso parece. Ya me vas a deber dos. Espero que algún día me las devuelvas.

            -En realidad, creo que ya te ayudé una vez.

            -¿A qué te refieres? -Daman estaba bastante confuso.

            -En el tren. No sé si lo has notado, pero mi cuerpo desprende energía mágica. No puedo controlarla. Dicen que se llama magia instintiva. Sólo aparece en los momentos de mayor necesidad. Puede que crease un escudo que nos salvase antes, cuando el tren chocó.

            -¿Fuiste tú? Debo darte las gracias, pues. Aunque los hechiceros siguen sin caerme bien…

            -¿Tienes prejuicios contra ellos?

            Daman se exasperaba. Nadie le hacía preguntas tan profundas y complejas como aquella chica. Pero se sentía bien al poder responder a algo.

            -Sí. Contra uno en particular, pero este sujeto hizo que se expandiese a todos. Sé que es algo malo, pero no puedo evitarlo.

            -¿Me lo contarás algún día? -se aventuró a preguntar Criss. Parecía que empezaba a formar una amistad con Daman.

            -Puede.

            -Es suficiente.

            -¿De verdad?

            -Al menos para mí -rio.

            -Cambiando de tema, ¿por qué necesitas que vaya contigo? -inquirió el capitán.

            -Ya has visto a los bandidos. Sabes luchar.

            -Para eso están los mercenarios. Ponles unas monedas delante y te seguirán al infierno -le sugirió Daman.

            -Quizás lo hagan, pero confío en ti. Si les pagan más para que me maten lo harán sin dudarlo. El único aliado de esa gente es el dinero. Estoy casi segura de que tú no eres así. ¿Me equivoco?

            -Muy cierto. Así que Relly, ¿no? ¿Te apetece tomar un tren?

            Criss aceptó su oferta. Daman le pidió que esperase un momento y entró al castillo. Avanzó por los pasillos hasta llegar a la sala del trono. Los guardias de la puerta, armados con sendas lanzas ceremoniales y escudos, giraron sobre sus talones y se apartaron para dejarle paso. El soberano Henry V estaba jugando una partida de ajedrez con uno de sus consejeros más fieles. Daman hincó la rodilla ante su superior y esperó a que decidiese prestarle atención. Lo hizo nada más mover una de las piezas.

            -Capitán Daman, es todo un honor. ¿Qué puedo hacer por ti, amigo mío? -Daman tenía suerte de llevarse bien con Henry, ya que sabía que posiblemente le daría permiso para ausentarse unos días con Criss.

            -Acerca del ataque sufrido hace unas horas, alteza. Hemos salvado a una joven que me ha pedido ayuda para escoltarla hasta la ciudad de Relly. Le he sugerido que contratase la ayuda de los mercenarios, pero insiste en que sea su compañero de viaje. Le pido permiso, majestad, para llevar a cabo esta tarea -rogó Daman, manteniendo en todo momento una postura de respeto hacia el rey.

            -Levanta, Daman. Has estado en el ejército desde que eras muy joven. Has salvado innumerables vidas y has acabado con muchas otras luchando por la justicia en el nombre de Axia. Acepto tu propuesta. Puedes marcharte. Me aseguraré de que se te proporcionen provisiones para tu viaje.

            -Gracias, mi señor, pero no será necesario. Viajaremos como dos personas corrientes, como mucho llevaré mi espada, nada más.

            -¿Estás seguro, Daman? Si es tu deseo, que así sea. Al menos me encargaré de que en las otras ciudades se corra la voz de un embajador de Axia que acompaña a una joven. Te dará cierta inmunidad diplomática.

            -Jamás sabré cómo agradecerle esta ayuda.

            -No hace falta que lo hagas. Ahora marcha veloz y cumple con la petición de tu protegida.

            Daman inclinó la cabeza y salió de la sala rápidamente. No se detuvo a anunciar que se iba durante un tiempo. Fue a los barracones en busca de Erene. La encontró en la cama, justo donde la había dejado. Se la ajustó al cinto y luego se dirigió a la estancia de los magos. La hechicera detectó su presencia, como de costumbre, y le entregó el colgante sin más miramientos.

            -No tengo la menor idea de lo que hace. Tendrás que descubrirlo por ti mismo.

            -Gracias.

            -Suerte en tu viaje.

            -¿De qué hablas? -preguntó Daman intentando fingir la sorpresa.

            -No dejas de pensar en él. Puedo leerlo en tus ojos como un libro abierto.

            -Tienes razón -se rindió-. Gracias de nuevo.

            -Que la magia te acompañe en tus viajes, Daman. Úsala para hacer el bien y vuelve con vida.

            El capitán la miró a los ojos, los cuales eran morados. Nunca los había visto así. Brillaban con una chispa de inteligencia. Daman supo que la preocupación por él era de verdad.
La maga le entregó dos túnicas negras con capuchas para que pudieran pasar más desapercibidos. Le explicó que estaban encantadas para que así tuvieran cierta invisibilidad ante la multitud. No llamarían la atención tanto.

            -Como último consejo, ten cuidado con ella. Es una fuente rebosante de magia y energía, pero es indomable. Puede estallar en cualquier momento y las consecuencias podrían ser desastrosas. Un desequilibrio a la hora de controlar su cuerpo podría provocar una catástrofe.

            -Lo tendré en cuenta. Espero que nos volvamos a ver, hechicera. Hasta entonces, cuídate y que la magia te ayude.

            Se produjo un intercambio de sonrisas y Daman se apresuró a reunirse con Criss. Cuando la vio, le entregó la túnica y la ayudó a ponérsela.

            -Me agobia. Siento como si mi esencia se viera reprimida -se quejó la chica.

            -Están encantadas así. Tu energía será más difícil de detectar.

            -Me gusta la idea. Aunque espero no tener que llevarla mucho tiempo seguido.

            -Es por tu seguridad -repuso Daman-. Y mientras estés conmigo, eres responsabilidad mía.

            La chica bajó la cabeza durante un instante. Suspiró.

            -Más te vale que te acostumbres a esto, yo soy el que lleva la espada.

            -El capitán no podía ser más egocéntrico -se quejó Criss-. Primero las órdenes y luego se las da de protector. Ya me podía haber salvado otro…

            -Pues has tenido suerte. Otro no se hubiera detenido al verte. Quizás tenía que haber seguido hacia adelante por los vagones y entonces les hubiera permitido a los bandidos que te atrapasen y hiciesen contigo lo que quisieran. ¿Te parece buena idea?

            El rostro de Criss se ensombreció.

            -No -respondió.

            -Pues entonces piensa que te he librado de ellos y haz lo que te pida. Y si no estás de acuerdo, puedes buscarte a otra persona para que te acompañe -replicó Daman cruzando los brazos.

            -No lo digas, por favor -le rogó la chica-. Cualquier cosa excepto eso. Lo siento.

            -Deja de pedir disculpas. Así no arreglas nada. Tan sólo limítate a que no te maten y me sentiré satisfecho.

            Criss hizo un gesto afirmativo y ambos abandonaron el castillo para dirigirse a la estación. Por el camino pasaron por la plaza principal. Criss quería quedarse a ver las tiendas, pero Daman le dijo que no tenían mucho tiempo. Su tren se iba pronto y necesitaban llegar con antelación para buscar un buen asiento.

            -Pero si son todos iguales -le contestaba Criss.

            -No me refiero a la calidad, sino a la posición estratégica. Un hueco decente me permitiría ver quién entra y quién sale a mi antojo -le explicó él.

            -Cómo se nota que eres una persona normal -ironizó la chica-. Ni siquiera la capa va a ocultar eso.

            Daman empezó a reírse a carcajadas mientras entraban en la estación, un edificio enorme, sorprendentemente hecho de cristal. El interior era totalmente visible desde fuera y viceversa. Era frágil, pero la estructura estaba tan bien diseñada que era muy difícil, por no decir imposible, que uno de los soportes fallase y se derrumbase. La gente lo encontraba muy atractivo. Y como el Consejo no podía faltar, a ellos no le gustaba porque sus miembros pensaban que era muy sensible. Daman fue a sacar dos billetes para Relly.

            -Andén 14 -le dijo a Criss-. Será mejor que nos demos prisa.

            -Tú delante.

            Ambos comenzaron a caminar hacia el tren. Criss cruzó su brazo con el de Daman, y este se extrañó. Le dirigió una mirada de súplica, pero ella no cedió. El capitán supuso que simplemente le gustaba aquella postura, aunque Daman no era tan sentimental.

            -Criss… -empezó él.

            -Me siento más segura así. De verdad.

            -Confío en ti. Pero no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte. Yo lo aprendí a palos. No quiero que te pase lo mismo.

            -Lo recordaré. Gracias por el aviso. Pero no hay nada extraño. Soy cariñosa. Con todos -aclaró.

            -Si tú lo dices -Daman no parecía muy convencido-, lo creeré.

            -Estaré bien, ¿vale? Venga, el tren está ahí delante -Criss le quitó hierro al asunto y sonrió.

            Había más gente intentando acceder a los vagones, así que aguardaron pacientemente su turno y finalmente entraron en el tercero de los siete que había. Se sentaron, como Daman había previsto, en los asientos situados más o menos a la mitad. Uno enfrente del otro para tener cubiertas las dos salidas.
            Daman se quitó la capucha y Criss hizo lo propio con la suya. Se miraron durante unos instantes. Habían pasado de ser completamente desconocidos a compañeros de viaje. No era complicado. Sólo era asegurarse de que llegaba a Relly sana y salva. Sin embargo, el sexto sentido de Daman le advirtió de que no iba a ser tarea fácil.

            -Despiértame si sucede algo fuera de lo normal -le pidió a Criss.

            La chica asintió. El capitán estiró su cuerpo, dejó reposar la cabeza sobre el asiento y sin darse cuenta, se quedó dormido.

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