Daman se encontraba paseando por las almenas
del castillo. Los soldados vigilaban con todos sus sentidos. Pero parecía que
iba a ser otra noche tranquila. El último ataque fue hace varios meses. Los
bandidos perdieron la cabeza e intentaron secuestrar un tren de camino a Axia
para estrellarlo contra la muralla. Por suerte, las fuerzas especiales
intervinieron y lo recuperaron sin bajas civiles. Eran los mejores y lo sabían.
Aquellos insensatos nunca tuvieron una posibilidad de conseguir su objetivo.
Y
ahora Daman volvía a custodiar el horizonte para asegurarse de que no volvían a
intentarlo. Desde el incidente, el Consejo de Axia se aseguró de que en los
trenes siempre hubiera un mago. Si atacaban la máquina, el hechicero se
teletransportaba y avisaba de que podía ocurrir un desastre. Y los bandidos ya
llevaban esa estrategia a cabo. Acababan primero con el usuario de la magia y
luego tenían vía libre para hacer lo que se les antojara. Sin embargo, algunos
dejaban escapar al mago y esperaban a que los intentasen detener para darles
una calurosa bienvenida. Daman se encargaba personalmente de cazarlos. Había
dedicado su vida a ello, y nada le indicaba que fuese a cambiar.
El
capitán se ajustó la espada y finalmente se fue a los barracones a descansar.
Confiaba mucho en sus compañeros y más aún en sus superiores. Él no cometía
errores, o eso intentaba, porque era evidente que era humano y algún defecto
tenía que tener. Daman casi se había convertido en un héroe. Todos lo querían,
e incluso los bandidos que tenían la suerte de escapar con vida tras cruzar
aceros con él le tenían respeto. Por otro lado, también tenía sus enemigos. Al
parecer, ciertos miembros del Consejo no veían a Daman con buenos ojos y lo
intentaron quitar de en medio en más de una ocasión. Por fortuna, también tenía
aliados en el poder y lo habían ayudado.
Alguien
sacó a Daman de su particular sueño ligero y este no tardó en levantarse.
-¿Qué
ocurre? -preguntó mientras trataba de arreglarse un poco el cabello marrón.
-Parecer
ser que han asaltado un tren, y esta vez vienen de nuevo derechitos a Axia -le
informó el guardia-. Le quieren en acción de inmediato, capitán.
-Ya
podrían ponernos un horario de servicio -comentó Daman con ironía-, que
nosotros tenemos sueño igual que los demás.
-Su
tren espera en el andén 26.
-De
acuerdo. Puedes retirarte.
-Por
supuesto, señor.
Los
soldados eran muy obedientes, y más aún si se trataba de él. Daman había
empatizado tanto con ellos que si se embarcaba en una misión suicida, sabía que
estarían dispuestos a seguirle hasta el infierno y más allá.
Daman
bajó las escaleras de los barracones y en los últimos peldaños dio un pequeño
salto para ganar tiempo. Cuando se trataba de recuperar un tren, la velocidad
era crucial. Un segundo más de retraso podría resultar en una catástrofe. De
hecho, iba tan veloz que se dejó la armadura atrás. Tan sólo se protegía con la
cota de malla. Suerte que siempre la llevaba encima.
El
capitán atravesó la ciudad rápidamente hasta llegar a la estación.
Efectivamente, su tren le esperaba en el andén 26. Dedujo que los bandidos
habrían tomado el 25 o el 27, ya que de lo contrario el abordaje sería
demasiado complicado hasta para él. Caminó con prisa hasta llegar a las puertas
de los vagones delanteros y alguien gritó tras él.
-¡Capitán,
su arma! -exclamó una voz de hombre. Daman no necesitó girarse. Tan sólo movió
el brazo hacia atrás y asió la empuñadura de su hoja, que tantas veces lo había
acompañado. Y así sería hasta que él terminase muerto o dejase el servicio.
-Gracias,
chico -Daman sabía perfectamente que la voz no era otra que la de un muchacho.
Él tampoco era tan viejo, pues tenía veintidós años. Sin embargo, ahora veía a
los jóvenes con dieciocho recién cumplidos en el ejército y le entraban ganas
de que la restricción de edad fuera más alta aún. Era una locura. Tan sólo eran
niños con ganas de hacerse mayores al empuñar una espada. Aunque también había
chicas, y algunas de ellas daban verdadero miedo. Aparentaban ser pacíficas y en
realidad luchaban como leonas. Por suerte para él, Daman nunca había combatido
con ninguna. Se prometió a sí mismo que algún día lo haría.
Daman no estaba seguro de si era
por su carisma o simplemente por su eficacia, pero le habían encargado también
el proceso de adiestramiento con los nuevos reclutas que llegaban. Todo el que
pasaba por su entrenamiento salía como si de un veterano se tratase, claro que
eso sólo era la teoría.
El capitán despejó la cabeza de
aquellos pensamientos y subió al tren. Le acompañaron cinco soldados y una
hechicera. Le dedicó una mirada desdeñosa nada más la vio. No le gustaba la
magia. De hecho, la odiaba. Era un recurso de cobardes. Él, tan acostumbrado a
luchar con una espada, no terminaba de acostumbrarse a aquello de que el rival
podía matarte con una bola de fuego o con un rayo que caía del cielo antes de
que te acercases a menos de cinco metros.
Pero tenía que cooperar. Además,
estaba para ayudar. Si ella hubiera estado como enemiga, se habría tomado las
molestias de eliminarla la primera. Si la magia interviene cuando los aceros
bailan, el desastre es inminente. Y Daman lo sabía muy bien. Por el contrario,
había visto a los curanderos en plena tarea y el capitán estaba seguro de que
era algo muy beneficioso. Había aprendido los pros y las contras de la magia. Y
no terminaba de acostumbrarse a la presencia arcana.
Mientras el tren abandonaba la
estación, Daman preparó a su escuadrón. Tres guerreros y dos arqueros.
-Los arqueros mantendrán la
posición sobre el vagón y abatirán a cualquiera que se nos acerque -se señaló a
sí mismo y a los guerreros-. Nosotros esperaremos a las primeras saetas y luego
abordaremos el tren. Hechicera… -Daman no sabía qué hacer con ella-. Síguenos
si puedes y ocúpate de los enemigos -la maga asintió con la cabeza. No le hacía
gracia el plan, pero qué iba a hacer. Tenía que acoplarse a él. Daman era el
que mandaba-. Sólo queda prepararnos y esperar que todo vaya bien. Suerte a
todos.
Minutos después, se cruzaron,
pero a tanta velocidad era imposible saltar, además de que iban en direcciones
opuestas. Pasados unos segundos, el tren de Daman giró bruscamente de nuevo
hacia Axia por una vía especial que habían dispuesto. La máquina aceleró
súbitamente y no tardaron en dar alcance al objetivo. Subieron al techo y
aguardaron unos segundos a que los trenes se igualasen.
Los bandidos comenzaron a salir
y prepararon sus armas. Sin embargo, había algo extraño. Sólo eran tres. Eso
quería decir que, o bien su plan no era estrellar el tren contra Axia, o bien
buscaban algo en los vagones.
-Quiero que encontréis lo que
buscan antes que ellos -ordenó a los guerreros-. Misión de buscar y proteger.
Adelante.
Todos adoptaron posiciones de
combate y tras un instante, Daman corrió hacia el borde de su vagón y saltó
hacia el tren mientras las flechas volaban ante él.
-¡En el nombre de Axia, Erene y
yo os castigaremos! -lanzó su grito de guerra, como hacía todas las veces.
Daman no pudo aterrizar bien y
se tambaleó en el borde, a punto de caerse. Una fuerza salida de ninguna parte
lo empujó suavamente hacia dentro y ya sí, pudo enfrentarse como él quería. Sus
compañeros lo seguían, pero no tenían la misma destreza saltando que Daman. El
capitán se vio rodeado por dos de los bandidos, los cuales empuñaban hachas,
que aunque parecían oxidadas, sí estaban afiladas. Podía ver el brillo en la
hoja. Era el rostro de la muerte que venía a buscarlo una vez más. Sin éxito.
Daman interpuso su hoja para
detener el ataque frontal, y cuando su sexto sentido le avisó de que su
retaguardia estaba en peligro, se agachó y realizó un corte circular. Alcanzó a
sus oponentes en las piernas. No quería matarlos, no era su misión. Avanzó para
enfrentarse al tercer oponente, pero una ráfaga de viento lo alcanzó antes y lo
arrojó fuera del tren. Daman miró hacia el vagón de su tren y vio a la
hechicera bajando las manos. Juraría que la había visto sonreir.
No perdió el tiempo y entró en
el vagón, buscando lo mismo que los asaltantes, salvo que él no tenía ni idea
de qué era. Miró entre los pasajeros, los cuales lo observaban, algunos
asustados, otros asombrados ante la presencia del gran capitán Daman, el
rescatador de trenes.
Sin saber muy bien por qué, una
chica que tenía el pelo rojo y rizado, más joven que él, le llamó la atención y
se detuvo junto a ella.
-¿Quién eres? -le preguntó a la
joven. No obtuvo respuesta.
El tren sufrió una fuerte
sacudida y Daman se apresuró a mirar por las ventanillas. Los bandidos habían
secuestrado otra máquina, le habían instalado cañones y disparaban contra él.
Daman vio de reojo cómo un hombre saltaba hasta el tren en el que se encontraba
y entraba por las escaleras. Se detuvo a unos metros. Tenía el pelo negro y se
protegía con una coraza posiblemente de cuero o de algún material semejante.
Así a la vista, no daba la impresión de ser muy resistente. Sus ojos marrones
lo miraban expectantes, a la espera de que hiciera algún movimiento, pero este
no se produjo. En su rostro se podíab observar varias cicatrices. Seguramente
era un veterano.
-¿Qué quieres? -preguntó
finalmente Daman.
-A la chica -señaló a la
pelirroja-. Dámela y nos iremos.
-Creo que no -respondió Daman
secamente. Ya se estaban pasando de la raya.
-Pues entonces lo haré por la
fuerza -el hombre se acercó a la chica, pero Daman se interpuso, apuntándole
con su espada.
-Por encima de mi cadáver
-repuso. Acto seguido miró a la muchacha-. Corre.
Esta vez sí, ella reaccionó y
huyó hacia el vagón de la locomotora. Daman tenía la esperanza de que los
bandidos dejasen de atacar el tren mientras el jefe, o al menos eso es lo que
parecía, estuviera dentro.
Su oponente desenvainó una hoja
con un símbolo grabado en la empuñadura. Daman no podía ver de qué se trataba,
pero de lejos le resultaba vagamente familiar.
-Por Axia -susurró el hombre antes
de embestir al capitán.
Aquello descolocó por un momento
a Daman, pero movió su acero justo a tiempo y lo interpuso entre el de su
enemigo y su propio cuerpo. Haciendo esfuerzo, lo hizo retroceder y lanzó una
estocada por el flanco derecho. Sin embargo, el jefe sabía bien lo que hacía y
lo esperaba pacientemente. Bloqueó el golpe y contraatacó a la velocidad del
rayo. Daman se vio obligado a retroceder y el combate se empezó a prolongar por
los vagones, hasta que alcanzaron de nuevo a la chica. Al parecer, se había
escondido junto a otros pasajeros para intentar pasar desapercibida.
Daman atacó de nuevo, pero la
defensa de su enemigo seguía siendo inquebrantable. Tenía mucha experiencia en
el combate, quizás más que él. Si la lucha continuaba, tenía bastantes
probabilidades de perder. Quizás podía intentar algo que resultaría arriesgado,
pero si lo conseguía ganaría tiempo para intentar escapar. Pero ocurrió algo
que no esperaba.
El jefe se retiró del vagón y
desde el otro, destrozó el mecanismo que los unía mientras sonreía. Después,
hizo un gesto con la mano de despedida. Daman miró por la ventanilla para ver
qué ocurría y vio que la muralla de Axia se le venía encima. Se lanzó encima de
la chica y la intentó proteger, pero sabía que iba a ser inútil. El accidente
acabaría con todas las vidas, incluidas las de ellos.
La locomotora impactó y detrás
fueron los demás vagones. Daman vio una luz azul que envolvió todo y se
preguntó qué sería justo antes de perder el conocimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario