14 sept 2012

Untitled - Capítulo 1.1.

Hace tiempo que no miro nada aquí. No sé por qué. Quizás porque no había sentido la necesidad de hacerlo. Pero en vista de que una amiga quiere leer algunas cosas que escribo, he visto apropiado reanudar la actividad aquí, comenzando por el capítulo de una historia que estuve escribiendo durante mis vacaciones. Sólo tengo escrito el primero, pero espero que os guste. Gracias a quienes lo lean, y un saludo. Sed felices. ^^



Daman se encontraba paseando por las almenas del castillo. Los soldados vigilaban con todos sus sentidos. Pero parecía que iba a ser otra noche tranquila. El último ataque fue hace varios meses. Los bandidos perdieron la cabeza e intentaron secuestrar un tren de camino a Axia para estrellarlo contra la muralla. Por suerte, las fuerzas especiales intervinieron y lo recuperaron sin bajas civiles. Eran los mejores y lo sabían. Aquellos insensatos nunca tuvieron una posibilidad de conseguir su objetivo.
            Y ahora Daman volvía a custodiar el horizonte para asegurarse de que no volvían a intentarlo. Desde el incidente, el Consejo de Axia se aseguró de que en los trenes siempre hubiera un mago. Si atacaban la máquina, el hechicero se teletransportaba y avisaba de que podía ocurrir un desastre. Y los bandidos ya llevaban esa estrategia a cabo. Acababan primero con el usuario de la magia y luego tenían vía libre para hacer lo que se les antojara. Sin embargo, algunos dejaban escapar al mago y esperaban a que los intentasen detener para darles una calurosa bienvenida. Daman se encargaba personalmente de cazarlos. Había dedicado su vida a ello, y nada le indicaba que fuese a cambiar.
            El capitán se ajustó la espada y finalmente se fue a los barracones a descansar. Confiaba mucho en sus compañeros y más aún en sus superiores. Él no cometía errores, o eso intentaba, porque era evidente que era humano y algún defecto tenía que tener. Daman casi se había convertido en un héroe. Todos lo querían, e incluso los bandidos que tenían la suerte de escapar con vida tras cruzar aceros con él le tenían respeto. Por otro lado, también tenía sus enemigos. Al parecer, ciertos miembros del Consejo no veían a Daman con buenos ojos y lo intentaron quitar de en medio en más de una ocasión. Por fortuna, también tenía aliados en el poder y lo habían ayudado.
            Alguien sacó a Daman de su particular sueño ligero y este no tardó en levantarse.

            -¿Qué ocurre? -preguntó mientras trataba de arreglarse un poco el cabello marrón.
           
            -Parecer ser que han asaltado un tren, y esta vez vienen de nuevo derechitos a Axia -le informó el guardia-. Le quieren en acción de inmediato, capitán.

            -Ya podrían ponernos un horario de servicio -comentó Daman con ironía-, que nosotros tenemos sueño igual que los demás.

            -Su tren espera en el andén 26.
           
            -De acuerdo. Puedes retirarte.

            -Por supuesto, señor.

            Los soldados eran muy obedientes, y más aún si se trataba de él. Daman había empatizado tanto con ellos que si se embarcaba en una misión suicida, sabía que estarían dispuestos a seguirle hasta el infierno y más allá.
            Daman bajó las escaleras de los barracones y en los últimos peldaños dio un pequeño salto para ganar tiempo. Cuando se trataba de recuperar un tren, la velocidad era crucial. Un segundo más de retraso podría resultar en una catástrofe. De hecho, iba tan veloz que se dejó la armadura atrás. Tan sólo se protegía con la cota de malla. Suerte que siempre la llevaba encima.
            El capitán atravesó la ciudad rápidamente hasta llegar a la estación. Efectivamente, su tren le esperaba en el andén 26. Dedujo que los bandidos habrían tomado el 25 o el 27, ya que de lo contrario el abordaje sería demasiado complicado hasta para él. Caminó con prisa hasta llegar a las puertas de los vagones delanteros y alguien gritó tras él.

            -¡Capitán, su arma! -exclamó una voz de hombre. Daman no necesitó girarse. Tan sólo movió el brazo hacia atrás y asió la empuñadura de su hoja, que tantas veces lo había acompañado. Y así sería hasta que él terminase muerto o dejase el servicio.

            -Gracias, chico -Daman sabía perfectamente que la voz no era otra que la de un muchacho. Él tampoco era tan viejo, pues tenía veintidós años. Sin embargo, ahora veía a los jóvenes con dieciocho recién cumplidos en el ejército y le entraban ganas de que la restricción de edad fuera más alta aún. Era una locura. Tan sólo eran niños con ganas de hacerse mayores al empuñar una espada. Aunque también había chicas, y algunas de ellas daban verdadero miedo. Aparentaban ser pacíficas y en realidad luchaban como leonas. Por suerte para él, Daman nunca había combatido con ninguna. Se prometió a sí mismo que algún día lo haría.

Daman no estaba seguro de si era por su carisma o simplemente por su eficacia, pero le habían encargado también el proceso de adiestramiento con los nuevos reclutas que llegaban. Todo el que pasaba por su entrenamiento salía como si de un veterano se tratase, claro que eso sólo era la teoría.
El capitán despejó la cabeza de aquellos pensamientos y subió al tren. Le acompañaron cinco soldados y una hechicera. Le dedicó una mirada desdeñosa nada más la vio. No le gustaba la magia. De hecho, la odiaba. Era un recurso de cobardes. Él, tan acostumbrado a luchar con una espada, no terminaba de acostumbrarse a aquello de que el rival podía matarte con una bola de fuego o con un rayo que caía del cielo antes de que te acercases a menos de cinco metros.
Pero tenía que cooperar. Además, estaba para ayudar. Si ella hubiera estado como enemiga, se habría tomado las molestias de eliminarla la primera. Si la magia interviene cuando los aceros bailan, el desastre es inminente. Y Daman lo sabía muy bien. Por el contrario, había visto a los curanderos en plena tarea y el capitán estaba seguro de que era algo muy beneficioso. Había aprendido los pros y las contras de la magia. Y no terminaba de acostumbrarse a la presencia arcana.
Mientras el tren abandonaba la estación, Daman preparó a su escuadrón. Tres guerreros y dos arqueros.

-Los arqueros mantendrán la posición sobre el vagón y abatirán a cualquiera que se nos acerque -se señaló a sí mismo y a los guerreros-. Nosotros esperaremos a las primeras saetas y luego abordaremos el tren. Hechicera… -Daman no sabía qué hacer con ella-. Síguenos si puedes y ocúpate de los enemigos -la maga asintió con la cabeza. No le hacía gracia el plan, pero qué iba a hacer. Tenía que acoplarse a él. Daman era el que mandaba-. Sólo queda prepararnos y esperar que todo vaya bien. Suerte a todos.

Minutos después, se cruzaron, pero a tanta velocidad era imposible saltar, además de que iban en direcciones opuestas. Pasados unos segundos, el tren de Daman giró bruscamente de nuevo hacia Axia por una vía especial que habían dispuesto. La máquina aceleró súbitamente y no tardaron en dar alcance al objetivo. Subieron al techo y aguardaron unos segundos a que los trenes se igualasen.
Los bandidos comenzaron a salir y prepararon sus armas. Sin embargo, había algo extraño. Sólo eran tres. Eso quería decir que, o bien su plan no era estrellar el tren contra Axia, o bien buscaban algo en los vagones.

-Quiero que encontréis lo que buscan antes que ellos -ordenó a los guerreros-. Misión de buscar y proteger. Adelante.

Todos adoptaron posiciones de combate y tras un instante, Daman corrió hacia el borde de su vagón y saltó hacia el tren mientras las flechas volaban ante él.

-¡En el nombre de Axia, Erene y yo os castigaremos! -lanzó su grito de guerra, como hacía todas las veces.

Daman no pudo aterrizar bien y se tambaleó en el borde, a punto de caerse. Una fuerza salida de ninguna parte lo empujó suavamente hacia dentro y ya sí, pudo enfrentarse como él quería. Sus compañeros lo seguían, pero no tenían la misma destreza saltando que Daman. El capitán se vio rodeado por dos de los bandidos, los cuales empuñaban hachas, que aunque parecían oxidadas, sí estaban afiladas. Podía ver el brillo en la hoja. Era el rostro de la muerte que venía a buscarlo una vez más. Sin éxito.
Daman interpuso su hoja para detener el ataque frontal, y cuando su sexto sentido le avisó de que su retaguardia estaba en peligro, se agachó y realizó un corte circular. Alcanzó a sus oponentes en las piernas. No quería matarlos, no era su misión. Avanzó para enfrentarse al tercer oponente, pero una ráfaga de viento lo alcanzó antes y lo arrojó fuera del tren. Daman miró hacia el vagón de su tren y vio a la hechicera bajando las manos. Juraría que la había visto sonreir.
No perdió el tiempo y entró en el vagón, buscando lo mismo que los asaltantes, salvo que él no tenía ni idea de qué era. Miró entre los pasajeros, los cuales lo observaban, algunos asustados, otros asombrados ante la presencia del gran capitán Daman, el rescatador de trenes.
Sin saber muy bien por qué, una chica que tenía el pelo rojo y rizado, más joven que él, le llamó la atención y se detuvo junto a ella.

-¿Quién eres? -le preguntó a la joven. No obtuvo respuesta.

El tren sufrió una fuerte sacudida y Daman se apresuró a mirar por las ventanillas. Los bandidos habían secuestrado otra máquina, le habían instalado cañones y disparaban contra él. Daman vio de reojo cómo un hombre saltaba hasta el tren en el que se encontraba y entraba por las escaleras. Se detuvo a unos metros. Tenía el pelo negro y se protegía con una coraza posiblemente de cuero o de algún material semejante. Así a la vista, no daba la impresión de ser muy resistente. Sus ojos marrones lo miraban expectantes, a la espera de que hiciera algún movimiento, pero este no se produjo. En su rostro se podíab observar varias cicatrices. Seguramente era un veterano.

-¿Qué quieres? -preguntó finalmente Daman.

-A la chica -señaló a la pelirroja-. Dámela y nos iremos.

-Creo que no -respondió Daman secamente. Ya se estaban pasando de la raya.

-Pues entonces lo haré por la fuerza -el hombre se acercó a la chica, pero Daman se interpuso, apuntándole con su espada.

-Por encima de mi cadáver -repuso. Acto seguido miró a la muchacha-. Corre.

Esta vez sí, ella reaccionó y huyó hacia el vagón de la locomotora. Daman tenía la esperanza de que los bandidos dejasen de atacar el tren mientras el jefe, o al menos eso es lo que parecía, estuviera dentro.
Su oponente desenvainó una hoja con un símbolo grabado en la empuñadura. Daman no podía ver de qué se trataba, pero de lejos le resultaba vagamente familiar.

-Por Axia -susurró el hombre antes de embestir al capitán.

Aquello descolocó por un momento a Daman, pero movió su acero justo a tiempo y lo interpuso entre el de su enemigo y su propio cuerpo. Haciendo esfuerzo, lo hizo retroceder y lanzó una estocada por el flanco derecho. Sin embargo, el jefe sabía bien lo que hacía y lo esperaba pacientemente. Bloqueó el golpe y contraatacó a la velocidad del rayo. Daman se vio obligado a retroceder y el combate se empezó a prolongar por los vagones, hasta que alcanzaron de nuevo a la chica. Al parecer, se había escondido junto a otros pasajeros para intentar pasar desapercibida.
Daman atacó de nuevo, pero la defensa de su enemigo seguía siendo inquebrantable. Tenía mucha experiencia en el combate, quizás más que él. Si la lucha continuaba, tenía bastantes probabilidades de perder. Quizás podía intentar algo que resultaría arriesgado, pero si lo conseguía ganaría tiempo para intentar escapar. Pero ocurrió algo que no esperaba.
El jefe se retiró del vagón y desde el otro, destrozó el mecanismo que los unía mientras sonreía. Después, hizo un gesto con la mano de despedida. Daman miró por la ventanilla para ver qué ocurría y vio que la muralla de Axia se le venía encima. Se lanzó encima de la chica y la intentó proteger, pero sabía que iba a ser inútil. El accidente acabaría con todas las vidas, incluidas las de ellos.
La locomotora impactó y detrás fueron los demás vagones. Daman vio una luz azul que envolvió todo y se preguntó qué sería justo antes de perder el conocimiento.

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