Y desperté. No era mi casa. Lo sabía. Era obvio. No tenía aspecto de ser mi cuarto. Las paredes eran blancas, no azules y la cama tenía una sábana demasiado suave para ser la mía. Estaba seguro de aquello. Definitivamente, ni estaba en mi casa, ni estaba en mi cuarto. Tenía que averiguarlo, pues, así que me levanté y tras ponerme una zapatillas color crema, salí de la habitación, dispuesto a saber dónde demonios me encontraba.
Paseando por los pasillos de aquella vivienda, asomé la cabeza en una de las puertas y me topé con la cocina. Mi madre, con una sonrisa en la cara, me daba los buenos días amablemente y me invitaba a tomar el desayuno, que se encontraba en una mesa de cristal con muchos detalles dorados.
¿Dónde diablos estoy?, pensé mientras daba buena cuenta de la tostada con mantequilla. Era curioso. Mantequilla. La mantequilla tiene leche, y yo soy intolerante a la lactosa, ergo no debería poder comerla. Pero en fin, nada parecía realista. De hecho creo que ni la misma experiencia lo era. Terminé rápido. La casa me había fascinado y deseaba explorar un poco más.
Pasé el resto de la mañana de sala en sala y de dormitorio en dormitorio para acabar con la conclusión de que la casa tenía tres plantas y cerca de dos docenas de habitaciones. Desde una de las ventanas vi a mi padre, trabajando en el campo cual hortelano. Me extrañó. Le gusta la vida en el campo... pero lo que mis ojos vieron... no sé, no sabría describir aquella sensación. Fue como si mi intuición me indicara que no era todo tan "real".
Ante la duda, dejé de comerme la cabeza y salí de la casa a ver qué había fuera. Se suponía que "debía" de haber algo, o al menos eso creía. Estaba en un pueblo. Las calles, al igual que las paredes del cuarto en el que había despertado, eran blancas como el mármol y la gente me sonreía al verme pasar.
¡Ahora sí que no me lo creía! Una pelirroja... se parece bastante a... ¿cómo se llamaba? No recuerdo... bueno, da igual, el caso es que me saludó como si me conociera de toda la vida. Andé por los caminos hasta que llegué a lo que parecía ser un colegio. Un cartel en la puerta decía eso. Entré, y supe que tenía que prepararme para un examen de Inglés. Más sorpresas. ¿Qué sería lo próximo? Ella. Una cara que jamás se ha desvanecido de mi memoria, un cabello rubio como pocos y unos ojos pardos preciosos como ningunos.
Me senté sin hacer ruido. Nadie se giró. Levanté el examen de la mesa, saqué un bolígrafo de mi bolsillo (que casualmente ni hubiera sabido que estaba allí) y comencé a escribir. En quince minutos había terminado. Entregué la hoja y salí a respirar aire fresco.
Alguien me puso la mano en el hombro y me volví lentamente, aunque ya sabía a quién me iba a encontrar.
-Hola -dijo solamente.
-Hola -contesté. No iba a seguirle el juego. Sabía cómo estaban las cosas entre nosotros y sabía que ella no tenía ninguna intención de hacer que cambiasen las cosas. Posé mis ojos en su mano, aún en mi hombro y no tardó en retirarlo-. ¿Qué quieres?
-Hablar.
-¿Acaso hay algo de lo que hablar? -inquirí con cierto gesto de aburrimiento.
-Más de lo que tú crees -dijo para mi sorpresa.
-Puede que la que te equivoques esta vez seas tú -le propuse. No obstante, fue su siguiente jugada la que me dejó aturdido. Me abrazó.
-Lo siento... de verdad -susurró en voz baja-. Por favor...
-¿Qué? ¿Por favor qué? ¿Vienes a buscarme ahora después de todo el daño que me hiciste?
-Sé que parece estúpido, pero...
-No -la interrumpí y me separé bruscamente de ella, dándole la espalda-. Nada volverá a ser como antes.
-Aarón...
-Te pedí que no me llamases por mi nombre cuando hablases conmigo. Nadie lo hace.
-Es tu nombre -se excusó.
-Tan sólo es un nombre.
-Recuerda lo que te dije.
Entrecerré los ojos levemente. Y entonces surgió el dolor. En el corazón. Tan intenso que estaba seguro de que si hubiera sido físico, perfectamente podría haberme caído al suelo.
-No intentes eso -le advertí.
No contestó, así que eché a andar y aparté aquellos pensamientos de mi cabeza. No los quería, no merecían la pena ahora. Sin embargo, en el fondo, deseaba ardientemente que gritase mi nombre y que corriese detrás de mí para seguir hablando. Era contradictorio.
Volví a casa corriendo y tropecé por el camino. Bajé rodando toda una cuesta, y alguien me detuvo a mitad de camino. Levanté la cabeza. Era una chica algo más pequeña que ella, pero se parecía muchísimo.
-Hola -dijo.
Sin decir palabra, me alejé. No quería recordar nada. Cuando llegué a casa, me di cuenta de que teníamos vecinos, así que bajé a ver quiénes eran. Eran padres de dos hijas, y las dos estaban fuera. Lástima. Tenía curiosidad por...
-¡Hola! -exclamó una voz detrás de mí.
Me giré. Ella. Otra vez. No me jodas que es mi vecina. Estás de coña. Volví a mi habitación y dormí lo que pude. Me despertó mi madre diciendo que mi padre había decidido que nos íbamos.
-¿QUÉ? Tengo que despedirme, espera.
Bajé a buscarla. No estaba, tan sólo su hermana, la cual me miró con cierto gesto de tristeza en sus ojos. Parecía que ella también se sentía afectada por la marcha.
-¿Qué pasa? -le pregunté en voz baja.
-Te vas. Ella tampoco quiere esto. Por eso no está aquí. No quiere sufrir más.
Lo último que recuerdo fue que caí al suelo y perdí el conocimiento súbitamente.
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